De un romplón, el cobro llegó.
Me ha obligado a detenerme y la deuda que me tengo se hizo tan evidente que el tiempo no alcanza para pagar lo adeudado. Acá en la escritura terapéutica que no cura el mal. El mal desconocido sin diagnóstico… aún. Esperando que la presunción como siempre sea solo eso, un presunto sin fundamento, irreal.
Pero ese espacio entre hoy y ese día del futuro, permite que las estructuras se derrumben y dejar todo bajo escombros, visualizaciones de los posibles, o los puede ser.
De esas veces que la terapia pareciera no funcionar, porque entre la confesión y el desahogo, basta con la autolastima y entonces ahogar todo con el silencio ruidoso.
He hecho algunas cuentas y si los cálculos no me fallan, no alcanza para otra vida y menos para esta.
Allí en los escombros habrá que buscar la herencia, quitar el polvo y esperar que haya legado. Vanal idea del ser de quererse hacer inmortal en donde las flores eventualmente llegarán cada noviembre, si bien le va. Y es que ni los desvevividos le desean al vivo que continue aferrado al tieso.
Allí cuando para el individuo el reloj se detiene, allí ya no queda nada. Solo la ausencia.