Hay historias que no empiezan con un “te quiero”, ni con una promesa, ni siquiera con la certeza de saber hacia dónde van. Algunas comienzan mucho más despacio: con una conversación que se alarga, con una mirada que dura un segundo más de lo normal, con un beso que al principio parece un secreto y que, sin darnos cuenta, termina dejando de serlo.
Contigo ha sido así.
No sé exactamente en qué momento dejaste de ser simplemente alguien con quien me gustaba compartir un rato y comenzaste a ocupar un espacio distinto dentro de mí. Quizá fue en cada una de esas veces en las que encontrábamos un lugar donde solamente existíamos tú y yo. O quizá fue cuando empezaste a besarme sin importar quién pudiera estar mirando, como si ya no sintieras la necesidad de esconder algo que entre nosotros había comenzado a sentirse demasiado real.
Y luego estuvo aquella noche.
Yo había imaginado que dormiríamos separados, cada uno en su espacio, como si eso pudiera mantener las cosas sencillas. Pero terminamos compartiendo la misma cama, la misma madrugada y un momento que cambió un poco la manera en que te miro.
No fue solamente lo que pasó entre nosotros. Fue despertar y saber que estabas ahí. Fue levantarme primero, arreglarme en silencio y quedarme esperando mientras tú seguías dormido. Fue esa extraña sensación de querer que el momento durara un poco más, aunque ninguno de los dos supiera exactamente qué significaba.
Tal vez eso es lo que más me gusta y, al mismo tiempo, lo que más miedo me da de nosotros: que no tenemos todas las respuestas.
No hemos puesto un nombre a lo que somos. No hemos hablado de cada sentimiento ni de cada expectativa. Pero hay cosas que no necesitan una definición inmediata para sentirse verdaderas.
Porque cuando estoy contigo, algo en mí se calma.
Me gusta cómo hemos ido encontrándonos sin forzar demasiado las cosas. Me gusta esa complicidad que aparece entre nosotros, esos pequeños momentos que quizá para alguien más no significarían nada, pero que yo termino guardando como si fueran recuerdos importantes.
Y sí, quizá todavía no sé qué lugar voy a ocupar en tu vida ni qué lugar terminarás ocupando tú en la mía.
Pero sé que hay algo entre nosotros.
Algo que empezó casi sin avisar y que, poco a poco, ha ido creciendo entre besos, miradas, noches compartidas y momentos que ninguno de los dos se ha atrevido todavía a explicar por completo.
Quizá algún día tengamos las palabras.
Por ahora, me quedo con esto: con la forma en que me miras, con la manera en que te acercas, con esos besos que ya no necesitan esconderse y con la sensación de que, aunque todavía no sepamos qué somos, cuando estamos juntos hay algo que se siente demasiado bonito como para fingir que no existe.
Y si alguna vez me preguntas qué siento por ti, quizá no tenga una respuesta perfecta.
Pero probablemente te diría que eres esa historia que no estaba buscando y que, sin darme cuenta, empecé a querer vivir.
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