Los hombres en mi familia, tienen piernas firmes, gruesas y con vellos. Mi genética no me dio piernas gruesas y con forma, pero sí con más vellos de los que yo quisiera.
A los trece años no era opción depilarme las piernas, me daba miedo, aunque, me gustaba pensarme más femenina, ya saben. En ese tiempo, tenía una mejor amiga a la que le atribuyo femineidad, belleza y delicadeza, todo lo contrario conmigo. Ella me decía: anímate, tus piernas se verán más lindas… Honestamente, lo pensaba, lo consideraba, pero no me atrevía. Pensaba en lo que las otras mujeres decían: “Si los cortas, a la próxima saldrán más gruesos”. Realmente, no quería eso.
Con ella, fuimos mejores amigas por casi trece años y nunca me animé, hasta que la vida nos puso a prueba y dejamos de ser amigas. Fue entonces, cuando me atreví por primera vez a cortarme los vellos de las piernas, sin ella, sin compañía, sin quién me alentara. Aun no sé por qué lo cavilé tanto, si era tan sencillo. Aún me pregunto por qué no lo hice cuando ella estaba y por qué sí cuando ya no estuvo.
En su ausencia, hice todo lo que no me había atrevido y platicamos un día. Una parte de mí quería que cuando nos volviéramos a ver ella se pudiera dar cuenta que había crecido… Con ella, también fue la primera «mejor amiga» que la vida me presentó.
Unas piernas suaves, lindas y sin vellos, en memoria de la Chocho que he visto una vez en casi cinco años y que hoy, agradezco nuestra amistad cuando pudo ser.
