Escribología

(B)Vellos momentos

Los hombres en mi familia, tienen piernas firmes, gruesas y con vellos. Mi genética no me dio piernas gruesas y con forma, pero sí con más vellos de los que yo quisiera.

A los trece años no era opción depilarme las piernas, me daba miedo, aunque, me gustaba pensarme más femenina, ya saben. En ese tiempo, tenía una mejor amiga a la que le atribuyo femineidad, belleza y delicadeza, todo lo contrario conmigo. Ella me decía: anímate, tus piernas se verán más lindas… Honestamente, lo pensaba, lo consideraba, pero no me atrevía. Pensaba en lo que las otras mujeres decían: “Si los cortas, a la próxima saldrán más gruesos”. Realmente, no quería eso.

Con ella, fuimos mejores amigas por casi trece años y nunca me animé, hasta que la vida nos puso a prueba y dejamos de ser amigas. Fue entonces, cuando me atreví por primera vez a cortarme los vellos de las piernas, sin ella, sin compañía, sin quién me alentara. Aun no sé por qué lo cavilé tanto, si era tan sencillo. Aún me pregunto por qué no lo hice cuando ella estaba y por qué sí cuando ya no estuvo.

En su ausencia, hice todo lo que no me había atrevido y platicamos un día. Una parte de mí quería que cuando nos volviéramos a ver ella se pudiera dar cuenta que había crecido… Con ella, también fue la primera «mejor amiga» que la vida me presentó.

Unas piernas suaves, lindas y sin vellos, en memoria de la Chocho que he visto una vez en casi cinco años y que hoy, agradezco nuestra amistad cuando pudo ser.

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El sueño americano

Debo confesar que las despedidas nunca han sido fáciles. Aun así, no hay una en específico que me haya marcado ahora que soy adulta, sin embargo, sí hay una que me marcó en mi niñez.

Esquipulas, cerca del mediodía, mi padre se iba de “mojado” para cumplir “el sueño americano” y ese era el punto de reunión. Un cuerpecito delgado de cinco años aun no sabía digerir bien la noticia y el suceso. Así que asistí, sin ser consciente, a la despedida más difícil.

Recuerdo que mi padre me tomó a solas de la mano y me llevó a caminar entre las ventas de la feria. No recuerdo si lloré en ese momento, solo recuerdo acercarnos a una venta para comprar un teléfono de la barbie, esos que cada botón tenía un sonido diferente y nostálgico. Me dijo: este teléfono te hará recordar que te llamaré para saber cómo estas…

Dejamos a mi padre en aquel lugar y de regreso a casa, mi madre lloraba, mis hermanos lloraban, yo lloraba y la pregunta siempre era la misma ¿Cuándo vas a regresar, papá? No hubo respuesta. Solo sabía que se iba porque el dinero no alcanzaba en casa y era “necesario” para salir adelante.

Mi primera despedida fue sin anestesia.
Debo confesar que recordarla, aún me altera.

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Música, poesía y un cigarro

Para el joven
un Marlboro
y la vista
hacia la nada.
Para ella
un poema
y «Son amores»
de Natalia.

Ella le leía poesía
por las noches.
Él le decía
que su voz
le perturbaba
el alma.

Su risa
poco cálida,
su olor a soledad
y a cigarro
que oculta penas.

Él era simple;
le llamaba «flaca»
y sonaba Drake.
Aunque a veces
filmaba el atardecer.

Ella le dedicó
«Vivo» de Cerati
y un poemario de Aldaz.
Le dijo: es simple,
léalo cuando lo necesite
y yo no esté.




En la terraza
volvió con su Marlboro
y sin ella, solo
con música, poesía
y un cigarro.

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Atardecer de litoral

Mientras me pierdo en los naranjas del cielo
las olas del inquieto mar van y vienen hacia mí.
El atardecer parece más eterno de lo que pensé
una cálida brisa y las gaviotas viajando tranquilas
me traen por este momento una paz al corazón.

El cielo y firmamento desvaneciéndose en un abrazo
se entrelazan como los amantes ante la despedida
esperando ansiosamente volverse a encontrar.
Las gentes creando recuerdos, otras olvidando
el cielito testigo silencioso de las nostalgias.

La noche esta en el umbral del final de este día
promete acompañar a los tristes y fríos solitarios
que de pronto en el mar buscan consuelo y paz
entregando preguntas que nunca tendrán respuestas
sentimientos que por una ráfaga ahogan el alma.

Mientras me pierdo en el fugaz momento
los dolores se desvanecen y siento ganas de llorar
los colores del cielo me ponen nostálgica
y el mar me hace agradecer el hecho de respirar
me despido de ellos, esperando un día volver feliz.

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Brachia

Papá,
tus brazos ya no pueden cargarme
como lo hacías.
He crecido y tú has envejecido.
Son pocos los recuerdos de mi infancia
a tu lado,
pero recuerdo esa noche lluviosa
cuando me cargaste en tus brazos
y me tapaste para no mojarme.
Te recuerdo conversando
y yo llegando a ti, sin pedir permiso
para que me cargaras en tus brazos.

Papá,
muchas cosas han pasado
algunas nos han marcado y otras
las hemos olvidado.
Te he amado y te he odiado.
Te he extrañado y no he querido verte.
De cualquier manera,
la vida me recuerda que eres mi padre.

Papá,
te noto más cansado
y la vida nos ha pasado facturas.
Caricias canceladas a último momento
despedidas inauguradas en el hoy
sin tregua de prepararme.
Te abrazo y se siente raro.
Me abrazas y me siento bien.

No sé que nos depara el futuro,
pero la sensación
de llevarme en tus brazos
nunca la podré borrar de mi corazón.
Porque fue mi lugar seguro.
Por lo cual, me siento agradecida
que seas mi papá.

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Vulnus

Para algunos de nosotros la/el poesía/escribir es salvación, libertad, vulnerabilidad y quizás atrevimiento, entre muchísimo más.
En las siguientes líneas pretendo quedar expuesta ante la soledad, el aislamiento, el miedo, el afán, el duelo, la tristeza y la cobardía.
Aunque suena un poco perturbador, al final, vienen a ser episodios de enseñanza y validación personal que nos ayudan a reafirmar quiénes somos.
¡Gracias por leerme!

Va a amanecer
y yo seguiré aquí
sin vértigo
sin remordimiento
sin ganas
de abrir la puerta
y dejar entrar
al mundo.

En realidad
solo quiero
acercarme a
la ventana
y observar
lo que
no puedo
controlar.

Denme tiempo
que hiberno
y aun no estoy lista
para salir.

Va a amanecer
y yo seguiré aquí
con lagunas mentales
y penumbras ocultas.
Quizá cuando salga
las flores esten
marchitas
y los cielos gaseosos.

Quizás algo cambie
y no sea el futuro
sino mi aspecto
reflejado en el espejo.

Quizá cuando
abra la puerta
no de miedo
y me sienta segura
para dar
el primer paso
a la nada.



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Cielito

Cuando las noches son lluviosas
y las estrellas se esconden
tras el manto de nubes estratos
observo mi cuerpo
y las encuentro allí, sí
en mis particulares lunares
formando “Las tres Marías”
en mi costilla izquierda
y a “Equuleus”
en mi antebrazo izquierdo.
“Phoenix” en mi brazo derecho
imponiéndose y resurgiendo.
Algunas deben esconderse
en mi espalda.
Supongo mi rostro
debe ser un cielo despejado
con algunos cirros y cúmulos
que reflejan un buen tiempo.
No hablar de mis pies
como tierra firme
floreciendo con su lluvia
y cielo bonito.
Soy cielo,
soy polvo,
soy flor.

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Piel madura

Mientras caminaba por tu pueblo,
te sentí presente,
como si hubieses estado a mi lado,
sonriendo, con tu piel madura
y tus labios delgados.

Las personas dicen
que me parezco a ti
y aunque lo dude,
al verme al espejo
la duda se disipa.

La dama de tu edad me observa,
creo que te recordó a ti de joven.

El pueblo ya no es el mismo.
Las calles y las casas ya no son iguales.
Donde habitaba gente ahora esta vacío.
El parque es más pequeño,
pero colorido.
El mercado es más organizado,
pero callado.

Visité la escuela
a la que asistí por tres meses.
Ahora parece abandonada,
aunque diga en reconstrucción.
Mi papá dice que tú también
estudiaste allí.
Ahora la biblioteca
es el comedor de la escuela.

Tus conocidos cuentan
que no has sido la única en irse.
Varias de tus amigas, también.

Hoy, cuando vi a la dama de
ochenta y tres años, de inmediato,
me recordó a ti.
Fuiste buena conmigo.
Te recuerdo con amor.
Aunque tu final fue triste,
te dignifico recordándote
en tus mejores momentos.

Te quiero, abuela.

Fotografía: Crocus

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Afuera llueve

Querido, afuera llueve.
No llueve fuerte, en realidad,
es muy suave y acogedor.
Aquí adentro
me visita la nostalgia,
compartimos un té y
escuchamos la danza de
las libélulas.

Nada fuera de orden,
en realidad, todo extraordinario.
Juntas, habitamos en silencio
del que no incomoda,
sino del que edifica.

Querido, afuera llueve
y aquí adentro la lluvia
parece ser amiga íntima.
Al parecer, los secretos
quedaron minados y
mis ojos me delataron.
Vos y yo sabemos
que yo amo la luna
y vos, estar distante.

Querido, afuera ya no llueve
y la nostalgia se marcha
el amor le invitó a caminar.
No podía ser mal tercio.
En asuntos tan formales
me compete estar aquí,
adentro, observando y
escuchando a Manuel García.

Querido, afuera sigue lloviendo…

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algo cambió🍃

Los días son los mismos.
Las mañanas son frescas
y las noches silenciosas,
pero algo ha cambiado.
Aún no sé muy bien cómo
ni en dónde, pero es distinto.

Los rayos de sol saben diferente.
Las pausas que hace el corazón
me traen calma y consuelo.
Aunque hay momentos
en los que lloro poquito.

He aprendido a amar
a los que me aman y volver
a donde me esperan.

Aún con todo, me siento agradecida
por quién soy y en dónde estoy.
Por quiénes acompañan y por
los que se despiden. A nadie detengo,
por nadie suplico. Me tengo.
Y eso es más que suficiente.

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