En Accra la mañana empieza antes
que las noticias.
Los vendedores acomodan fruta,
los trotro recorren la ciudad
y el mercado despierta
con esa mezcla de voces
que parece sostener el día
antes de que ocurra.
El calor llega temprano.
También llegan las conversaciones,
los precios que suben,
el trabajo que falta
y las preocupaciones que nadie
anuncia por televisión.
Más allá de la ciudad,
el cacao sigue creciendo.
No sabe de fronteras ni de mundiales.
Crece igual que crecen las cosas
que no esperan reconocimiento.
Cada cierto tiempo
una camiseta negra con estrellas
aparece en las calles
y el país se reúne frente a una pantalla.
No porque el fútbol resuelva nada.
Mañana seguirán existiendo
las mismas preguntas.
Pero durante noventa minutos
millones de personas miran
hacia el mismo lugar
y recuerdan que comparten algo.
Ghana conoce la pobreza,
la resistencia
y la dignidad silenciosa
de quienes siguen adelante
sin convertir el esfuerzo
en espectáculo.
Quizá por eso,
cuando sale a la cancha,
no parece estar buscando gloria.
Parece estar recordándole al mundo
que sigue aquí.
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