Bagdad despierta temprano.
No porque tenga prisa,
sino porque el calor
siempre llega antes.
En una calle cualquiera,
alguien levanta la cortina de un negocio,
alguien barre polvo,
alguien sirve té
en vasos pequeños.
El Tigris sigue pasando.
Ha visto imperios,
invasiones,
promesas rotas
y generaciones enteras
intentando volver a empezar.
Por eso el río ya no discute.
Solo avanza.
Cada cierto tiempo,
el Mundial aparece
entre las noticias,
los problemas de siempre,
las cuentas por pagar
y las conversaciones del mercado.
Entonces Iraq entra a la cancha.
No con la tranquilidad
de quien da algo por hecho.
Más bien como quien ha aprendido
que nada está garantizado.
Hay ciudades que cargan historia.
Iraq carga historia
y escombros.
Carga pérdidas,
ausencias,
recuerdos que todavía tienen dirección.
Pero también carga niños jugando fútbol
en calles estrechas,
camisetas colgadas al sol,
y una costumbre obstinada
de seguir viviendo.
Como el Tigris.
A veces lento.
A veces herido.
Pero siempre avanzando.