Woman leaning on balcony railing with hot drink watching forest sunset from 14th floor
Escribólogxs

Conocí al amor

Siempre quise conocer al amor.
Me he enamorado.
Sin duda yo inventé que también estaba enamorado de mí.
Imaginé que la manera afable de convivencia inicial era interés y que me estaba cortejando.
Me enamoré y quise creer que el sentimiento era mutuo.
Sentí que me miraba como si yo fuese el atardecer más hermoso.
Sentí esa sonrisa como si me perteneciera.
Sentí y los días me arrullaban.
Todo fue un cruel mal entendido.
Escribí historias donde nunca existió la frase «érase una vez…»
Embellecí con la dulzura de la ilusión a aquel personaje que no me ofreció nada.
Atribuí romanticismo a un personaje que con cruel desdén me enseñó que el amor existe solo en mi concepción.
Sin duda yo siempre he soñado con ese amor bonito.
Inventando devoción en personajes que son devotos solo de ellos mismos.
Sentí que me deseaban y así fue, pero solo fui una posesión, un objeto.
Sentí que podría convertirme en algo más, y así fue.
Me transforme en el cadáver viviente que se consume de inanición ante la ausencia del amor y la devoción.
Sin duda soy una maravillosa inventora y siento lo que nadie más puede, lo que nadie más concibe.
Sin duda conocí al amor, pero no a ese con el que he soñado.
©#ShadowMisLetras

Estándar
Escribología

Cielito

Cuando las noches son lluviosas
y las estrellas se esconden
tras el manto de nubes estratos
observo mi cuerpo
y las encuentro allí, sí
en mis particulares lunares
formando “Las tres Marías”
en mi costilla izquierda
y a “Equuleus”
en mi antebrazo izquierdo.
“Phoenix” en mi brazo derecho
imponiéndose y resurgiendo.
Algunas deben esconderse
en mi espalda.
Supongo mi rostro
debe ser un cielo despejado
con algunos cirros y cúmulos
que reflejan un buen tiempo.
No hablar de mis pies
como tierra firme
floreciendo con su lluvia
y cielo bonito.
Soy cielo,
soy polvo,
soy flor.

Estándar
A sorrowful hooded woman holding a glowing staff in a misty, moonlit graveyard.
Escribología

Me entenderás

Me entenderás, cuando te duela el alma como a mí.

Ojalá y no sea tan duro.

Porque encontrarse frente al hoy,

sin que te anuncien que llegará,

con el expediente de todo lo que le debes,

con la mirada fría y retadora,

te intimida, te somete.

Me entenderás, cuando el silencio flagele tu voz.

Ojalá y no la acalle para siempre.

Porque hay argumentos sin fundamento que se validan con gritos y agresiones.

Que luego te debes tragar con la amargura

que condimentan las lágrimas que brotan del pedir perdón

por tanto daño ocasionado,

pero que se quedan entre los labios fruncidos y los dientes apretados.

Me entenderás, cuando una tarde contemples el cielo y lo veas morir.

Ojalá y logres mantener la vista hasta el final.

Porque cuando la noche abriga con su manto la esperanza del amanecer,

caerás en cuenta que la esperanza de verme a tu lado no aparecerá ni en la brillantez del lucero más espectacular.

Me entenderás, cuando…

Quizá no, porque eso significaría que sigo esperando algo de ti.

Ojalá y la vida no te permita volver a mí.

Ojalá y cuando me entiendas,

logres mantener tu distancia,

y en silencio sigas tu camino con el cadáver de mi amor a tu espalda.

© #ShadowMisLetras

Estándar
Escribología

Piel madura

Mientras caminaba por tu pueblo,
te sentí presente,
como si hubieses estado a mi lado,
sonriendo, con tu piel madura
y tus labios delgados.

Las personas dicen
que me parezco a ti
y aunque lo dude,
al verme al espejo
la duda se disipa.

La dama de tu edad me observa,
creo que te recordó a ti de joven.

El pueblo ya no es el mismo.
Las calles y las casas ya no son iguales.
Donde habitaba gente ahora esta vacío.
El parque es más pequeño,
pero colorido.
El mercado es más organizado,
pero callado.

Visité la escuela
a la que asistí por tres meses.
Ahora parece abandonada,
aunque diga en reconstrucción.
Mi papá dice que tú también
estudiaste allí.
Ahora la biblioteca
es el comedor de la escuela.

Tus conocidos cuentan
que no has sido la única en irse.
Varias de tus amigas, también.

Hoy, cuando vi a la dama de
ochenta y tres años, de inmediato,
me recordó a ti.
Fuiste buena conmigo.
Te recuerdo con amor.
Aunque tu final fue triste,
te dignifico recordándote
en tus mejores momentos.

Te quiero, abuela.

Fotografía: Crocus

Estándar
Hooded figure standing near a swirling magical portal in a ruined opera house.
Escribología

Orgullo

Iniciamos a jugar desde que nacemos. Con nuestros dedos dentro de la boca. Con el pezón de nuestra madre mientras nos alimentamos. El juego es esencial en nuestra evolución.

El tirar un juguete al piso desde la mesa donde nos alimentan, mientras vemos como lo levantan es divertido y causa en el infante esa felicidad que solo se interrumpe cuando los padres dejan de levantar el objeto.

Ahora la felicidad se transforma en tristeza, enojo y finalmente en frustración al no continuar la dinámica del juego donde somos quien lo dirige.

Todo es aprendizaje. No obstante, hay un fallo porque no nos enseñan a manejar la frustración. Andamos por la vida jugando a vivir.

Como todo en la vida es un juego y nos divertimos, olvidamos que todo juego tiene reglas. La más importante es: no siempre se gana aunque te esfuerces, aunque no seas honesto, aunque seas muy honesto.

Para ganar, en ocasiones, se debe perder algo.

El juicio se nubla cuando sentimos que en el juego de la estafa, ya sea laboral, académico, negocios o amor, salimos estafados.

Buscamos la revancha. El desquite. Queremos tener el control sobre cuándo, cómo y en qué momento y en qué condiciones debe finalizar este juego.

Nos aferramos a lo absurdo, poniendo en tela de juicio nuestro juicio. Colocando en riesgo lo realmente importante. Olvidando que nuestro peor enemigo somos nosotros mismos.

Atentando contra nuestra propia integridad. Socavando la poca salud mental que se aferra a la tabla de lo que se debe hacer, pero que nos resistimos a hacer.

Olvidamos que las consecuencias de la decisión a tomar conlleva una serie de ondas expansivas que vendrán a golpear otros puertos, aunque se tomen las precauciones.

Lo más lógico y sabio es dar un paso a un lado y dejar que avance el otro jugador. Sin embargo, el orgullo toma el mando con la determinación de que el juego se acabará hasta que cante la gorda.

Olvidando que la gorda es quien tiene la última palabra, dueña del escenario en la ópera de la vida, dueña de lo inevitable sino refrenas al orgullo disfrazado de falso amor propio. Iniciamos a jugar, pero olvidamos como parar.

© #ShadowMisLetras

Estándar
Escribología

Afuera llueve

Querido, afuera llueve.
No llueve fuerte, en realidad,
es muy suave y acogedor.
Aquí adentro
me visita la nostalgia,
compartimos un té y
escuchamos la danza de
las libélulas.

Nada fuera de orden,
en realidad, todo extraordinario.
Juntas, habitamos en silencio
del que no incomoda,
sino del que edifica.

Querido, afuera llueve
y aquí adentro la lluvia
parece ser amiga íntima.
Al parecer, los secretos
quedaron minados y
mis ojos me delataron.
Vos y yo sabemos
que yo amo la luna
y vos, estar distante.

Querido, afuera ya no llueve
y la nostalgia se marcha
el amor le invitó a caminar.
No podía ser mal tercio.
En asuntos tan formales
me compete estar aquí,
adentro, observando y
escuchando a Manuel García.

Querido, afuera sigue lloviendo…

Estándar
Escribología

Poemas

Hay poemas que se escriben con una parte del alma rota.

Poemas que acechan la frustración

coquetean con la ilusión,

seducen a la razón,

aniquilan con intensión.

Poemas cuya caricia se siente como una hoja de afeitar

otros como la sublime pluma de pavorreal.

Poemas cuya oscuridad alumbran el deleite de lo que fue.

Poemas llenos de mí y mi anhelo.

Poemas llenos de tí y mis sueños.

Poemas formados por letras inundadas de efímeros halagos,

de intensos reproches,

de ti y de mi.

Hay poemas que no solo se viven,

se saborean,

te menosprecian,

te despedazan queriendo más.

Esos que los conviertes tuyos.

Poemas cálidos, fríos, intensos, oscuros o de colores.

Poemas que siendo míos pueden convertirse en tuyos.

Hay poemas que sumergen sentimientos

y éstos salen a flote con pucheros.

Poemas que buscan el fuego de la pasión,

la locura del intenso roce de miradas

y la humedad de un excelso beso.

Hay poemas de mis poemas.

Tatuados con tinta indeleble.

Escritos con lágrimas ocultas en sonrisas.

Poemas que huyen de la prisión de mi alma

y disfrazados de letras alcanzan su libertad

Hay poemas que engrandecen al amor,

que recriminan la indiferencia,

que aborrecen el existir.

Poemas cuya efímera existencia logran la inmoralidad.

Poemas que desbordan pasión.

Poemas lúgubres camuflados de brillante dolor.

Hay poemas que se escriben a medias

porque su quemante dolor me somete.

Hay poemas y mis poemas.

© #ShadowMisLetras

Estándar
Escribología

algo cambió🍃

Los días son los mismos.
Las mañanas son frescas
y las noches silenciosas,
pero algo ha cambiado.
Aún no sé muy bien cómo
ni en dónde, pero es distinto.

Los rayos de sol saben diferente.
Las pausas que hace el corazón
me traen calma y consuelo.
Aunque hay momentos
en los que lloro poquito.

He aprendido a amar
a los que me aman y volver
a donde me esperan.

Aún con todo, me siento agradecida
por quién soy y en dónde estoy.
Por quiénes acompañan y por
los que se despiden. A nadie detengo,
por nadie suplico. Me tengo.
Y eso es más que suficiente.

Estándar
Escribología

Eso que no somos

Y, sin embargo, a veces siento que somos demasiado.

No hay promesas, no hay etiquetas, no hay planes escritos en futuro. Solo miradas que duran un segundo más de lo necesario y esa sensación inevitable cuando sé que voy a verte. Como si el día tuviera un brillo distinto. Como si el reloj caminara más lento antes de llegar a ti.

Me sorprendo pensando en tus labios más de lo que debería. No de una forma imprudente, sino con esa curiosidad dulce que nace cuando algo late en silencio. Como si hubiera una pregunta suspendida en el aire cada vez que estamos cerca.

Lo curioso es que tu presencia no es constante, pero tu recuerdo sí. Aparece en momentos inesperados, incluso cuando intento estar en otro lugar, en otra historia, en otros brazos. Y entonces entiendo que hay personas que no necesitan un título para ocupar un espacio.

No somos nada…
pero hay algo.
Algo que se enciende cuando te pienso.
Algo que me ilusiona cuando sé que te veré.
Algo que no se nombra, pero se siente.

Y quizá, por ahora, eso es suficiente.

Estándar
Escribología

Primaveras y otoños

No me atrevería a llamarla «Historia de amor», pero esta es mi historia.

Llevaba casi dos años sin trabajo, cuando llegó la oportunidad laboral. Era un ambiente tranquilo; cumplir con lo asignado, ser puntual, sonreír, trabajar en equipo, saludar con un «buenos días». Los desayunos y almuerzos eran alegres, al aire libre. Algunos meses pasaron, cuando llegó agosto y con el un nuevo compañero que se integraba al mismo equipo.

Mi primera impresión fue «Ya se ve grande», era un hombre de camisa cuadriculada y corbata, con las mangas arriba. Pero hubo algo que llamó mi atención y fue su apellido, casualmente, llevamos el mismo, así que cuando el equipo se presentó con él, nos preguntaron si éramos familia a lo que respondimos con un rotundo NO. Los días pasaron y solo era un saludo cordial, una sonrisa laboral, un «feliz tarde».

Para enero del siguiente año, falté al trabajo por un trámite universitario, ese día el llamó a mi celular, en el trabajo habían solicitado unos datos y él me consultó para anotarlos. Me pareció un gesto de compañerismo. Los «buenos días» seguían siendo monótonos, hasta que llegó la pandemia y todo fue un caos en el trabajo, ambos pertenecíamos al mismo tipo de trabajo, así que un día cualquiera llamó por segunda vez para consultarme si estaba yendo a laborar (habían puesto turnos laborales y había que esperar que confirmaran el día que podíamos asistir), a lo que dije que aún no me habían asignado día. Cuando sentí, hablamos por cuarenta minutos; del trabajo, de lo que sucedía… Nada del otro mundo.

Empezamos a frecuentarnos más en el trabajo, a conversar más, a sonreír genuinamente, los «buenos días» eran diferentes, a molestar más. No había presión que me llamara, románticamente, la atención. Él tenía poco tiempo de terminar una relación. Los días siguieron pasando y nuestra comunicación fue más constante, eran llamadas y mensajes más constantes, al principio, sus llamadas eran para desahogarse de ella, yo lo escuchaba. Ese hombre hablaba demasiado y yo aprendí a afinar la escucha. Con un par de meses, la conversación cambió, cuando él llamaba era un tiempo de alegría, chistes, risas, anécdotas, saber más del otro. Por lo mismo de la pandemia me cambiaron de edificio, la comunicación seguía, por las mañanas, si había llegado bien, por las tardes, dando tiempo para que yo estuviera cómoda en casa y pudiera llamar. Hasta que llegó el punto de pensar «cuán cómoda y tranquila me sentía con su compañía».

Aprendimos a confiar en el otro, a escucharnos, a entendernos. Recuerdo el día que mi papá se contagió de covid y yo no estaba segura si también estaba contagiada, decidí faltar, ese día, él llegó en mi nombre para redactar un informe mensual que es requisito para pago. No tenía cómo llegar, porque era cuando los autos salían según número de placa, y ese día no le correspondía a su auto, además estaba de descanso y no dudó en ir. A lo que yo sigo agradecida.

Para ese entonces, yo tenía veintidós años y él treinta y siete. Pasaron ocho meses y una noticia me perturbó; él seguía enamorado de su ex novia. Para ese entonces, yo ya estaba enamorada de él, aunque nunca supe si él de mí. Era inmadura y decidí alejarme sin dar explicaciones, tenía miedo de ser lastimada, y aunque intenté no salirlo, salí. Ambos terminamos alejándonos, las palabras abundaron en el vacío y silencio. Yo regresé a trabajar a la misma oficina que él, así que nos mirábamos todos los días, nos topábamos en los mismos pasillos. Pasamos cuatro años sin declarar una palabra; para mí, los años más difíciles al tratar de sanar mi corazón.

Estoy segura que él no me amó, pero sí nos quisimos, nos quisimos desde una herida, desde un vacío. Nos construimos un mundo donde podíamos ser genuinamente, donde lo demás se olvidaba. Hace poco más de un año, hablamos por primera vez, fue como si hubiésemos decidido olvidar quienes fuimos y lo que sucedió entre nosotros. Hoy en día, sostenemos comunicación laboral, ambos sabemos respetar al otro, ambos conocemos la historia del otro, ambos sabemos lo que le afecta al otro, ambos sabemos quiénes fuimos.

Me doy cuenta, que no fue la intensidad de lo que viví lo que hasta hoy me hace recordarlo, sino lo que yo decidí sentir por él, amor, durante ese tiempo aprendí a aceptarlo tal y como era, aprendí que mis primaveras podían ser pocas para un otoño como él, pero era firme en lo que sentía. Aprendí a acompañarlo, a escucharlo, a tenerle paciencia, a amar su risa y sus chistes. Hoy en día, ya no lo amo, mi corazón sanó.

Fuimos amigos, grandes amigos y si pudiera dedicarle algunas palabras como los amigos que fuimos, le diría:
«¿Cómo has estado? Tu cabello sigue brillando como los rayos del sol. He escuchado algunas verdades y mentiras de lo que vives. ¿Te esta yendo mejor? Solo quería recordarte algo, que debes luchar e ir por lo que amas y te hace feliz. No te conformes con lo que esta cerca de tus manos, de tu corazón, ve más allá, ve por lo que cautiva, verdaderamente, tu corazón y sé feliz. Siempre te he deseado lo mejor, y así será. Gracias por aquel tiempo que construimos y que hoy son solo remembranzas. Gracias, por inspirarme a escribir mi segundo poemario. Fuiste una buena musa. Sigue siendo tú, no permitas que los ecos del exterior perturben tu esencia.»

Para esta historia, el amor no fue suficiente, sin embargo, fue nuestra historia. Y agradezco lo que construimos, juntos. Sé que mejores historias nos esperan a cada uno.

-La autora

Estándar