Llevo un par de años rebuscando en los recovecos de mi mente
aquello que sin querer se archivó
Imágenes aparecen de la dramatización y la trama
cuando recité aquellas letras para un 15 de septiembre.
Desde hace años he intentado recordar el nombre
de ese poema, dónde sentí un dolor que nunca sufrí,
pero ya estoy vieja y los recuerdos son esquivos.
Una silla en medio del escenario con una chaqueta sobre el respaldo,
a unos pasos mi compañero narraba enardecido las cobardes formas
en que sustrajeron a un joven con fuerza militar.
En silencio espero mi turno para iniciar mi declamación, la dramatización
de las atrocidades que contaba una víctima
de las desapariciones forzosas en mi Guatemala
bajo el régimen dictatorial del presidente en turno.
Los recuerdos son esquivos y las letras se dispersan evitando que recuerde
el nombre de aquel poema que dejó al público en silencio,
que llegó con la fuerza de un tornado a elevar cadáveres vivientes
que viven entre el silencio, testigos de la época de represión y que víctimas
de militares y guerrilleros, que como la bruma del mediodía
se escondía entre vegetaciones, con la niebla de la noche acechaban en la
oscuridad y que con la ley a su favor amedrentaban a quienes les
desagradaban.
Robando tierras, masacrando familias, fragmentando comunidades,
infectando el espíritu y condenando el futuro de un pueblo que agoniza
entre la inmundicia de un sistema putrefacto que se alimenta de leyes
prostitutas, de entidades corrompidas, de carteles y terroristas.
Llevo un par de años rebuscando el nombre de aquel poema en el que
dramaticé las horas o los meses de un joven revolucionario que
temerario se aventuró a pelear contra el sistema opresor y fue oprimido,
torturado, desaparecido y olvidado.
Llevo años, pero ya estoy vieja y los recuerdos son esquivos,
y las letras difusas, y mi alma no descansa
al recordar aquello que no recuerda.