Escribología

Mi pequeño Sol ♡

No sé si eras niño o niña, y nunca lo sabré.
Pero sí sé algo… desde el primer momento en que supe de ti, un 8 de abril, comenzaste a iluminar mi vida de una forma mágica.

Por eso quiero llamarte Sol.

No el sol intenso del mediodía, sino el del atardecer… ese que llega suave, cálido y silencioso, pintando el cielo de colores que uno nunca olvida.

Siempre he preferido los atardeceres.
Ahora entiendo por qué.

Porque se parecen a ti. ♡

Fuiste breve, pero inmensamente amado.

Y aunque no pude conocerte como soñaba, aunque no pude abrazarte ni verte crecer, quiero que sepas algo…

sí exististe para mí.
Sí eras amado.
Sí dejaste huella. ♡

Hay amores tan pequeños en tiempo, pero tan enormes en el alma, que se quedan para siempre.

Y tú lo eres. ♡

Ahora cada atardecer tendrá tu nombre.
Cada cielo naranja, cada momento donde el sol se despida lentamente del día… será una forma de encontrarte otra vez.

Gracias por elegirme aunque fuera por tan poquito tiempo.

Con amor eterno,

Mamá. ♡

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Aquí estoy

Desvelándome entre recuerdos que todavía llevan tu nombre.
Preguntándome en silencio en qué momento dejamos de coincidir, cuándo empezó a romperse eso que parecía tan fuerte, tan nuestro.

A veces quisiera encontrar una respuesta exacta, una explicación que calme este ruido que llevo dentro.
Porque hay noches en las que mi mente regresa una y otra vez a los mismos momentos, buscando señales, errores, palabras que quizá no dije o abrazos que tal vez no di lo suficiente.

Y me pregunto si fui yo.
Si en algún instante dejé de ser el lugar donde querías quedarte.
O si simplemente el destino ya había escrito otro camino para ti, uno donde mis pasos ya no podían acompañarte.

Lo más difícil no es aceptar tu ausencia…
es aceptar que hay preguntas que nunca tendrán respuesta.

Pero, aun así, entre la nostalgia y el vacío, sigo aprendiendo algo importante:
no todo lo que termina fue un fracaso.
Hay personas que llegan para enseñarnos a amar, a sentir, a crecer… aunque no se queden para siempre.

Y quizá algún día deje de buscar culpables en el pasado.
Quizá algún día pueda recordar tu nombre sin tristeza.
Mientras tanto, aquí sigo, reconstruyéndome lentamente, intentando hacer las paces con lo que fue… y con lo que nunca pudo ser.

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¿Y si no vuelve a pasar?

La ansiedad no se queda en la mente. Se siente en el cuerpo: el pecho oprimido, el nudo en la garganta, la respiración que no alcanza. Todo lo que antes era seguro y familiar parece desvanecerse, dejando un vacío lleno de incertidumbre.

El miedo a lo que pueda venir se instala en silencio. No solo es la idea de la soledad o del rechazo, es la sensación persistente de que aquello que se sintió como “amor” quizá no vuelva a repetirse.

Y en medio de ese vacío aparece un pensamiento constante: “no volverá a pasar”.

Pero tal vez no se trata de que no vuelva, sino de que no será igual. Porque nada en la vida se repite de la misma forma, y eso también abre la posibilidad de algo distinto.

Aunque hoy pese, este momento no es un final. Es un tránsito. Uno incómodo, incierto, pero necesario.

Porque incluso con miedo, incluso con dudas… la capacidad de sentir, de amar, de reconstruirse, sigue estando ahí.

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Eso que no somos

Y, sin embargo, a veces siento que somos demasiado.

No hay promesas, no hay etiquetas, no hay planes escritos en futuro. Solo miradas que duran un segundo más de lo necesario y esa sensación inevitable cuando sé que voy a verte. Como si el día tuviera un brillo distinto. Como si el reloj caminara más lento antes de llegar a ti.

Me sorprendo pensando en tus labios más de lo que debería. No de una forma imprudente, sino con esa curiosidad dulce que nace cuando algo late en silencio. Como si hubiera una pregunta suspendida en el aire cada vez que estamos cerca.

Lo curioso es que tu presencia no es constante, pero tu recuerdo sí. Aparece en momentos inesperados, incluso cuando intento estar en otro lugar, en otra historia, en otros brazos. Y entonces entiendo que hay personas que no necesitan un título para ocupar un espacio.

No somos nada…
pero hay algo.
Algo que se enciende cuando te pienso.
Algo que me ilusiona cuando sé que te veré.
Algo que no se nombra, pero se siente.

Y quizá, por ahora, eso es suficiente.

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A veces amar

Es aprender a quedarse
cuando todo dentro quiere huir.

Es guardar el nombre de alguien
en el lugar exacto
donde nacen los silencios,
y llamarlo hogar
aunque no vuelva.

He amado así:
con la piel abierta,
con la fe temblando,
con el corazón insistiendo
en creer que sentir
también es una forma de valentía.

Porque no todo amor se grita,
algunos se escriben despacio,
como quien deja migas de luz
para no perderse
en su propia sombra.

Y, aun así,
si doliera otra vez,
si el recuerdo regresara
con su voz suave y peligrosa,
volvería a amar igual:
sin armadura,
sin promesas eternas,
pero con la certeza
de que fui verdad
mientras sentí.

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Aunque no estés

Hay personas que llegan a nuestra vida para recordarnos quiénes somos en lo más profundo.
Personas con las que el tiempo parece detenerse, con quienes el alma se siente en casa.
Ellos no nos piden que finjamos, no esperan máscaras ni versiones editadas: simplemente nos dejan ser.

Pero ser no siempre significa estar.

No siempre significa compartir una rutina, amanecer juntos o tener planes para el fin de semana.
A veces significa sostener el alma de alguien en silencio, aun cuando la distancia —o la vida— nos impida sostener su mano.
Significa saber que hay un lugar en el corazón de esa persona que es nuestro, aunque no haya espacio en su calendario.

Hay tristeza en esa certeza.
Una tristeza dulce, como esa canción que nos encanta aunque siempre nos haga llorar.
Porque duele saber que no habrá mañanas compartidas, que sus risas no llenarán la cocina un domingo,
que no habrá discusiones tontas ni reconciliaciones en medio de la noche.

Y aun así, hay belleza.

Belleza en el hecho de que podemos ser nosotros mismos en un mundo que tantas veces nos pide lo contrario.
Belleza en que alguien vea nuestras cicatrices y decida que somos dignos de cariño.
Belleza en que, aunque no tengamos un “para siempre”, tenemos un “para lo que dure”, y eso también es amor.

Ser sin estar es aprender a amar sin poseer.
Es aprender que no todas las historias necesitan un final feliz para ser hermosas.
Es agradecer que, por un momento, por un instante, alguien nos permitió ser exactamente quienes somos.

Y aunque no estés,
aunque nunca estemos,
aunque la vida nos haya puesto en caminos distintos,
gracias por recordarme lo que significa ser yo.

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Cuando el silencio se convierte en un abismo

En toda relación, el mayor reto no siempre son las diferencias, sino el silencio que se abre entre dos personas cuando dejan de escucharse. Ese espacio no se llena con palabras vacías ni con reproches, sino con la sensación de que el otro ya no está presente, aunque físicamente comparta la misma casa.

Hay quienes luchan cada día con la esperanza de que su esfuerzo sea reconocido, con el deseo de que la indiferencia se transforme en cariño. Sin embargo, cuando la comunicación se rompe, el intento constante puede sentirse como golpear una puerta que nunca se abre.

La verdad es que la indiferencia duele más que el enojo. El enojo al menos habla de interés, pero el silencio frío construye un muro invisible que separa. Y frente a eso, lo que más se necesita no es orgullo ni reproches, sino humanidad: la capacidad de reconocer que ambos sienten, que ambos cargan heridas y que ambos merecen respeto.

Las relaciones se desgastan cuando olvidamos lo esencial: convivir con empatía. No se trata de fingir que todo está bien ni de vivir en hipocresía, sino de aceptar que la armonía requiere esfuerzo, resiliencia y voluntad de sanar.

Porque al final, más allá de los errores y las diferencias, lo único que queda es la huella que dejamos en quienes caminan con nosotros. Y nadie merece sentirse “nada” para el otro.

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Esperar lo genuino

He amado con todo mi ser. He entregado sonrisas, abrazos y hasta mis silencios. He amado de formas que tal vez no todos comprendan, con la esperanza de construir algo que trascendiera el tiempo.

Hoy, sin embargo, me encuentro sola. No porque no existan opciones, sino porque aprendí que no se trata de llenar un vacío con compañía pasajera. No quiero un cuento de princesas ni un final escrito de antemano. Deseo algo real, sin máscaras ni disfraces.

Quiero un amor que no tema a mis heridas ni a mis risas inesperadas. Un amor que respete mis pausas, que celebre mis logros y que entienda que la vida no siempre es perfecta, pero puede ser maravillosa cuando se camina de la mano de alguien auténtico.

Mientras tanto, me tengo a mí. Y en este tiempo de espera, aprendo a abrazar mi soledad como un lugar fértil, donde florecerá lo genuino cuando llegue el momento indicado…

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LA ESPERANZA NO ES CIEGA

Dicen que la esperanza no es ciega, sino visionaria. Que no se aferra al presente, sino que se asoma al mañana como quien mira por una ventana limpia en medio de la tormenta.

Imaginar la esperanza como un espejo colgado en el futuro es una metáfora increíble. No es un simple deseo sin fundamento. Es un reflejo de lo que podríamos llegar a ser si seguimos avanzando, si no soltamos la fe, si seguimos caminando incluso cuando el camino se nubla.

Ese espejo no está ahí para mostrarnos lo que somos ahora, sino lo que podemos construir con esfuerzo, con paciencia, con amor y con propósito. En él vemos nuestra mejor versión: más fuerte, más sabia, más plena.

La esperanza no nos aleja de la realidad, pero sí nos recuerda que el presente no es el final del cuento. Nos anima a seguir cuando todo parece detenido, porque allá adelante —aunque no lo veamos del todo claro— hay una imagen que vale la pena alcanzar.

Así que cuando todo parezca incierto, no olvides mirar hacia ese espejo colgado en el futuro. Tal vez no veas el reflejo completo todavía, pero basta con un destello para recordarte que lo mejor aún está por venir.

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¿Quién soy sin ti?

En años, me he definido a mí misma a través de ti; mi razón de vivir, mi mayor motivación, mis días, mis noches, mis pensamientos, mis sueños y mis ilusiones. Todo era través de ti.

Ahora que ya no estás, me enfrento nuevamente con el dolor del abandono. Digo nuevamente porque quizá la niña que hay en mí, aún le duele ser abandona. Y surge esta pregunta que es devastadora… «¿Quién soy sin ti?».

Al irte, te llevaste contigo una parte importante de mí, pero no la totalidad, y justo ahí encuentro la respuesta.

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