Una vez me enamoré perdidamente.
Dejé a un lado todo.
Sí.
Todo.
No importaba nada más que ser lo que creí que él quería.
Fracasé.
No logré más que su irrespeto.
Su falta de aprecio.
La cruel indiferencia.
Conseguí ser feliz, ocasionalmente.
Me mantuve absurdamente comprometida con él siendo una abusiva conmigo.
No me cuidé.
Me autoflagelé.
Fui mi verdugo por instrucciones de mi esquizofrénico corazón.
Mi juicio se nubló.
Mi vida se estancó.
Una vez me enamoré.
Fue una bendición.
Gracias a ese amor tan insano, lleno de tortuosas circunstancias, mi lenguaje floreció.
Mi escritura se gestó.
Intenté escribirle para que comprendiera lo que significaba en mi vida.
Sin embargo, jamás comprendió mis letras cargadas de emociones, de sentimientos, tan llenas de mí.
Fue como escribirle en braille, solo fueron para él unos puntos sin sentido.
Estuve a punto de darme por vencida y no volver a escribir.
Quise acallar mi mente, silenciar mi alma y cortar toda comunicación de plasmar en la unión de letras esa quimera que añora constantemente salir de mi ser.
Una vez me enamoré y fue una desgracia, porque quise dejar de escribir y morir en silencio.
Logré superar el miedo sobre la indiferencia a lo que escribo.
Volví a escribir.
Un tiempo después me volví a enamorar.
Creí que no sucedería y heme aquí, ilusionada, soñadora y un poco ingenua.
Me dejo llevar y no temo volver a sufrir por amar, pues es parte del paquete.
Sigo escribiendo y puede que vuelva a escribir en braile, pero no por ello dejaré de expresar.
¿Acaso un pájaro deja de volar por que alguna vez chocó contra un vidrio? El dolor tal vez lo detuvo un tiempo, pero volvió a hacerlo cuando el shock del trauma se disipó.
Una vez me enamoré y casi muero.
Me volví a enamorar y sin miedo voy a vivirlo.
©#ShadowMisLetras
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