Aquí se guarda la mañana
en una tortilla caliente.
No como símbolo.
Como costumbre.
En alguna cocina
hay humo, aceite,
una olla que hierve
sin pedir atención.
Alguien come de pie.
Alguien sale tarde.
Alguien deja la silla
metida a medias
debajo de la mesa.
El maíz no explica nada.
Solo permanece atento a ser compañía.
Está en las manos,
en los mercados,
en las bolsas de mandado,
en la calle donde todo
parece pasar al mismo tiempo.
Cada cierto tiempo,
el mapa vuelve a encenderse.
Las banderas aparecen
en ventanas, autos, paredes,
como si los países
necesitaran ser vistos
para no desaparecer.
México no cabe
en una frontera.
Cabe, quizá,
en esa forma de seguir
aunque el día pese,
aunque nadie pregunte,
aunque la vida
no tenga ceremonia.