Llegaste cuando menos esperaba volver a creer en el amor. Encontraste un corazón que llevaba demasiado tiempo escondido detrás del miedo, convencido de que era más seguro dejar de sentir que volver a arriesgarse.
Y, aun así, te quedaste.
No llegaste prometiéndome un para siempre. Llegaste con la calma de quien no necesita grandes palabras para demostrar lo que siente. Bastó un simple «hola», una mirada y uno de tus abrazos para que el invierno que habitaba en mí comenzara, poco a poco, a convertirse en primavera.
Sin darte cuenta, derribaste cada una de las barreras que construí durante años. Nunca me apresuraste; caminaste a mi lado con paciencia, hasta que un día descubrí que ya no le tenía miedo al amor… porque estabas tú.
La primera vez que nos atrevimos entendí que no solo estaba entregándote mi cuerpo, sino también mi confianza, mis miedos y esa parte de mi alma que había jurado no volver a compartir con nadie. Contigo todo se sintió diferente: más sincero, más profundo, más nuestro.
Hoy puedo decirte que me enamoré de la forma en que me miras, de la tranquilidad que encuentro en tus abrazos y de la paz que siento cada vez que nuestras manos se encuentran. Me enamoré de la persona que eres y de la mujer que soy cuando estoy contigo.
Gracias por llegar a mi vida cuando ya había dejado de esperar a alguien como tú. Gracias por recordarme que el amor no siempre llega haciendo ruido; a veces llega en silencio, con paciencia, con ternura… y termina convirtiéndose en el lugar donde el corazón, por fin, encuentra su hogar.
Si alguna vez me preguntas cuándo me enamoré de ti, no sabré darte una fecha. Solo sé que, sin darme cuenta, dejaste de ser una persona más para convertirte en el lugar donde siempre quiero volver.
Te Amo…♥