Un día me fui sin decir adiós.
Noche fría, a pesar de que la luna estaba ausente.
Caminé sin voltear.
Fue un domingo de agosto de 1999.
Unas horas antes nos dijimos «te quiero», el «te amo» no tuvo tiempo de cocinarse.
Hubo un abrazo, que sin saberlo tenía sabor a inolvidable.
Jamás platicamos de nuestro futuro juntos, porque ambos lo sabíamos: «no existía».
Ingenuos jugamos.
Jugamos a eso llamado aventura.
Sin duda, la ingenua sigo siendo yo,
al querer creer,
que ambos terminamos enamorados.
Un día me fui sin despedirme,
sin lágrimas,
ni reproches.
Fueron 8 meses intensos,
cargados del fuego lujurioso de una pasión por fusionar nuestras vidas.
Vidas que ya estaban fusionadas sin saberlo.
Tú, con un amor de años y un bebé a la puerta.
Yo, con una desilusión más del afecto mal administrado.
Supiste que había desaparecido unas semanas después.
Aún recuerdo tu sonrisa esa noche,
ingenuo creíste cuando te afirmé: «te veo mañana a las 10» y tus brazos rodearon mi cintura.
Jamás concebiste mi partida, no sin antes llenarme de reproches, no sin antes marcar mi vida con tu orgullo de macho herido.
Pero un día solo caminé sin voltear, sin darme permiso a sabotear mi triunfal liberación de un amor compartido, fue una despedida con sabor a «sigo amando esto tan nuestro».
No te di oportunidad de despedirte y realmente romper nuestros lazos, fue un despedida con sabor de «hasta pronto».
Un día de agosto de 1999, me fui sin decirte adiós.
Sólo me fui.
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