Hay noches en las que el cuerpo obedece,
mientras el alma permanece inmóvil,
como una flor que cerró sus pétalos
para proteger el poco sol que aún conserva.
Aprendí que existen promesas
que otros escriben con tinta ajena,
y caminos que se recorren
sin haber elegido el primer paso.
Sonrío cuando esperan una sonrisa,
callo cuando el silencio pesa menos que las palabras,
y llevo en el pecho un jardín
que pocos han visto florecer.
No es ausencia de amor,
es la búsqueda de un lugar
donde mi corazón pueda descansar
sin pedir permiso para sentir.
Porque el deseo no nace de la obligación,
ni la ternura se firma en un contrato;
ambos llegan despacio,
como la lluvia que encuentra tierra fértil.
Y aunque el mundo me repita
que debo ser fuerte,
que debo cumplir,
que debo continuar…
Dentro de mí aún vive una voz
que susurra con paciencia:
«No olvides quién eres
cuando todos intenten decirte quién debes ser.»
Quizá algún día mis pasos
dejen de seguir senderos ajenos,
y mis manos aprendan
a abrazar aquello que realmente elijan.
Ese día mi mirada volverá a brillar,
no porque el pasado haya desaparecido,
sino porque habré descubierto
que la libertad también puede comenzar
con un solo latido de valentía.
Hasta entonces, seguiré cuidando de mi alma,
porque incluso en medio del silencio
hay una parte de mí
que nunca ha dejado de esperar la primavera.
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