La ansiedad no se queda en la mente. Se siente en el cuerpo: el pecho oprimido, el nudo en la garganta, la respiración que no alcanza. Todo lo que antes era seguro y familiar parece desvanecerse, dejando un vacío lleno de incertidumbre.
El miedo a lo que pueda venir se instala en silencio. No solo es la idea de la soledad o del rechazo, es la sensación persistente de que aquello que se sintió como “amor” quizá no vuelva a repetirse.
Y en medio de ese vacío aparece un pensamiento constante: “no volverá a pasar”.
Pero tal vez no se trata de que no vuelva, sino de que no será igual. Porque nada en la vida se repite de la misma forma, y eso también abre la posibilidad de algo distinto.
Aunque hoy pese, este momento no es un final. Es un tránsito. Uno incómodo, incierto, pero necesario.
Porque incluso con miedo, incluso con dudas… la capacidad de sentir, de amar, de reconstruirse, sigue estando ahí.

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