Portugal mira el mar
como quien espera una carta
que nunca terminó de llegar.
Lisboa sube despacio
por sus calles inclinadas;
en los azulejos
la luz aprende
a quedarse partida.
El fado no canta tristeza.
La acomoda.
La sienta junto a la ventana
y le sirve silencio.
Hay barcos
que no regresaron del todo.
Quedaron flotando
en la palabra saudade,
esa forma de nombrar
lo que todavía respira lejos.
Cada cierto tiempo,
el mapa vuelve a moverse.
Las banderas despiertan,
los países se buscan
sin tocarse,
como si el mundo recordara
que también tiene corazón.
Portugal no corre.
Permanece.
Un borde de tierra,
un rumor de océano,
una casa mirando hacia afuera.
A veces partir
no es alejarse.
A veces es dejar
que algo nuestro
se quede mirando el horizonte.
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