Argentina guarda la tarde
en una taza de mate.
No la bebe de golpe.
La deja enfriar un poco,
como si el tiempo
también necesitara sentarse.
Buenos Aires abre sus calles
con una luz gastada,
una luz que no ilumina:
recuerda.
En algún café
hay una silla vacía
que nadie mueve.
No por tristeza,
sino por costumbre.
El tango pasa cerca,
pero no entra.
Se queda en la puerta
con los zapatos cansados.
El Río de la Plata
mira sin decir nada.
Tal vez los ríos
también aprenden
a parecer distancia.
Cada cierto tiempo,
el mapa vuelve a encenderse.
Los países se miran de lejos,
como si recordaran
que también saben esperar.
Entonces Argentina
no es solo una orilla del sur.
Es una respiración compartida,
una casa breve
debajo de muchas banderas.
Hay países
que no se visitan.
Se vuelven una forma
de extrañar
lo que nunca fue nuestro.