Debo confesar que las despedidas nunca han sido fáciles. Aun así, no hay una en específico que me haya marcado ahora que soy adulta, sin embargo, sí hay una que me marcó en mi niñez.
Esquipulas, cerca del mediodía, mi padre se iba de “mojado” para cumplir “el sueño americano” y ese era el punto de reunión. Un cuerpecito delgado de cinco años aun no sabía digerir bien la noticia y el suceso. Así que asistí, sin ser consciente, a la despedida más difícil.
Recuerdo que mi padre me tomó a solas de la mano y me llevó a caminar entre las ventas de la feria. No recuerdo si lloré en ese momento, solo recuerdo acercarnos a una venta para comprar un teléfono de la barbie, esos que cada botón tenía un sonido diferente y nostálgico. Me dijo: este teléfono te hará recordar que te llamaré para saber cómo estas…
Dejamos a mi padre en aquel lugar y de regreso a casa, mi madre lloraba, mis hermanos lloraban, yo lloraba y la pregunta siempre era la misma ¿Cuándo vas a regresar, papá? No hubo respuesta. Solo sabía que se iba porque el dinero no alcanzaba en casa y era “necesario” para salir adelante.
Mi primera despedida fue sin anestesia.
Debo confesar que recordarla, aún me altera.
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