La vida se disuelve entre un medicamento y un malestar.
Apareció un viernes después de mediodía.
El sábado el apetito fue variable,
el cansancio llegó y el sueño se acomodó.
El domingo visité el seguro médico,
fue una atención inmediata,
diagnóstico, medicamento y tratamiento para la casa.
Lunes inicié con el antibiótico, el antihistáminico y el analgésico.
Martes el cansancio volvió, el lagrimeo empeoró, la tos se presentó.
Al seguro médico volví, la espera fue de una hora.
Reacción alérgica por antibiótico,
orden para canalizar y colocar medicamento para contrarrestar.
Llueve fuerte, el goteo del suero corrije el goteo en ojos y nariz.
El pecho se despeja y el malestar disminuye.
Miércoles, el sol brilla y mi sistema recibe el nuevo antibiótico.
Jueves, somnolencia y decaimiento.
Falta de apetito y amargura en el paladar.
Viernes, los ojos pesados, duelen y se cierran.
Cabeceo frente a la computadora, la comida me sabe a nada,
duermo sin dormir.
Llego a mi casa, son las 20:30 horas y me quedó dormida.
Sábado, suena la alarma a las 7 y tomó el medicamento.
Caigo nuevamente en sueño profundo.
Son las 10 y me meto a la ducha. Busco despejarme y alejar al sueño.
Bajo y bebo café. Me siento en el sofá y me quedó dormida.
Es la hora del almuerzo, es una de mis comidas favoritas, me sabe a nada.
Vuelvo a caer bajo el embrujo del sueño y sueño.
Me obligo a cenar y busco mi cama, me quedo dormida son las 21:00 horas.
Domingo. Despierto a las 6:30 de la mañana, veo mi habitación y lo sé: la enfermedad fue vencida.
El cansancio se fue, el sueño regresó a su nivel normal y la amargura bucal desapareció.
Sobreviví a la enfermedad y al efecto secundario del medicamento.
La vida se disuelve entre un medicamento y un malestar.
La muerte toca tu espalda con su frialdad, la muerte te asecha y solo entonces conoces la vulnerabilidad.
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