En Sarajevo todavía hay edificios
que recuerdan cosas que nadie les pidió recordar.
Las paredes conservan marcas,
las calles guardan nombres,
y los puentes siguen cruzando el río Miljacka
como si el tiempo fuera una discusión
que nunca termina del todo.
Al amanecer se abren las panaderías.
Alguien compra café.
Alguien camina al trabajo.
Alguien pasa frente a una cicatriz
sin detenerse a mirarla.
No porque la haya olvidado.
Porque también hay que vivir.
Cada cierto tiempo el Mundial aparece
en una pantalla encendida,
y durante noventa minutos
las conversaciones cambian de tema.
No desaparecen los recuerdos.
No desaparecen las pérdidas.
Simplemente se hacen espacio
entre otras cosas.
Bosnia y Herzegovina conoce
la fragilidad de los mapas.
Sabe que una frontera puede cambiar,
que una ciudad puede romperse,
que una generación puede crecer
aprendiendo palabras como ausencia.
Quizá por eso
cuando sale a la cancha
no parece estar persiguiendo una victoria.
Parece estar demostrando
que algunas historias continúan
mucho después de que el mundo
deja de mirarlas.