Coincidimos en la calle, porque la avenida era muy transitada. Allí estabas, con tu blusa de puntitos, fondo blanco, patrón negro. Con tu piel blanca y lunares de adornos, accesorios de belleza, recorridos uno a uno, intactos en mi memoria, los notorios y los ocultos, grandes y pequeños.
Te acompañaba tu hermosa sonrisa y tus encantadores ojos. Sí, allí donde Los Cafres hicieron eco: “será que sos un ángel y no podés disimular”. Entre emoción y nervios. Vos y yo, a unos kilómetros de nuestro primer arrumaco.
Allí, donde nuestro destino se detuvo y nuestros mundos colisionaron. A los girasoles se les hizo el verano y las tormentas se pausaron. Abrazo como tatuaje para toda la vida, preámbulo de frenesí. Corazón acelerado, temblor de labios, calor de piel, reducción del ritmo cardíaco, mejilla con mejilla. Ahora sí, a un segundo de distancia y para siempre herido.
Se detuvo el tiempo, el pasado y el futuro. Y el presente, la burbuja. Entre saliva y ternura, entre miedo y precipicio. Condenado y amado. Marcado para siempre por esa blusa y el evento, provocando conmoción permanente, deseando detener el momento. Pero no.
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