Te conocí en marzo.
Una tarde de domingo, con un sol imponente como testigo.
En este tiempo he sido gratamente sorprendida una y otra vez.
Tu esencia le ha dado una fresca lluvia a aquella estrella en agonía, que orbitaba sin más rumbo que no dejar de existir.
Tu presencia ha cautivado a aquellas expectativas reacias.
Mi esperanza se ha fortalecido y ante un acto de loca valentía, ha brincado desde la corniza, de espaldas, con una sonrisa de triunfo.
Mi sonrisa tiene tu «colocha» en las comisuras y anhelo un nuevo «ojalá».
Una tarde de domingo, sentados junto al otro, conversando sobre este libro, que se robó el protagonismo por su significativo enlace.
Quizás el hilo rojo, tenía un nudo que sería desatado con el nombre de este libro, que daría pie al encuentro de mi intenso ser con alguien cuyo corazón es todo tu ser.
Los días han avanzado, las semanas me han hecho una sutil presentación de ese instinto de protección que es tu rasgo más distintivo.
Los meses han transcurrido y siento que te conozco desde hace tanto.
Agradezco la dicha de sentirme apoyada, cuidada y protegida. Mis días son más bonitos desde que eres parte de ellos.
Mi querido amigo, con quién he sido yo, con quién puedo expresar lo que siento, y no me he sentido juzgada ni condenada.
Te conocí en marzo.