Egipto no empieza
en las pirámides.
Empieza quizá
en una fila de pan,
en una calle de El Cairo
donde el polvo se pega
a la ropa
sin pedir disculpas.
El Nilo pasa
como si supiera demasiado.
No presume su antigüedad.
Solo sigue,
oscuro, lento,
cargado de ciudades
que aprendieron a vivir
mirando el agua.
Hay bocinas,
té servido en vasos pequeños,
un vendedor contando billetes,
una pantalla encendida
en medio del ruido.
Cada cierto tiempo,
el Mundial junta países
que nunca se tocaron
y los pone a correr
bajo la misma luz.
Entonces Egipto aparece
con su camiseta,
su historia encima,
su presente difícil,
su gente mirando
como quien no espera milagros,
pero igual se queda.
Porque también hay partidos
que se juegan fuera de la cancha.
Y hay países
que cargan siglos
sin dejar de llegar
a tiempo.