Haití no necesita
que el mundo lo vuelva metáfora.
Ya tiene suficiente realidad encima.
En Puerto Príncipe,
un tap-tap pasa lleno,
pintado de colores
que no alcanzan
para esconder el polvo.
Hay ropa tendida,
un mercado abierto,
una mujer contando monedas
sin bajar la mirada.
El créole cruza la calle
como una forma de seguir vivo.
No pide permiso.
No traduce su hambre.
El Caribe está cerca,
azul, limpio, turístico
en las fotos de otros.
Aquí también hay mar,
pero también pobreza,
resistencia,
sufrimiento
y una dignidad
que no posa para nadie.
Cada cierto tiempo,
el Mundial enciende pantallas.
Los países aparecen juntos,
como si todos pesaran igual
sobre el mapa.
Haití sabe que no.
Y aun así está ahí,
con sus montañas,
su bandera,
sus calles abiertas,
recordándole al mundo
que existir
también puede ser una forma
de disputar el partido.