Escribología

Recuerdo silencioso

Guardé tu sonora risa en el aleteo del colibrí,

que visita cada mañana mi jardín secreto.

Acuné el primer orgasmo en la melodiosa lluvia de occidente.

Llevo atada,

en aquella pulsera,

ese revoloteo de mariposas en mi estómago cuando te acercabas.

Escondí en la textura de aquel libro que robé,

la singular manera de tomar mi mano.

Acaricio tu aroma

al contemplar al ocaso agonizante

con la promesa de regresar mañana.

Tejí tu ternura en aquella canción que me dedicaste.

Abrazo tu recuerdo en cada tarde calurosa.

Apilé tus facturas pendientes

y no esperes que las cobre,

porque el tiempo lo hará por mí.

Guardé mis sentimientos

en aquella billetera de cuero

donde permanecerán sigilosos.

No niego que no te viví,

que no te disfruté

que no te sufrí.

No olvido

porque es necesario

para no volver a caer en el abismo.

© #ShadowMisLetras

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Intolerablemente soñadora

Mis días sin tu amor,

ahora que estoy consciente que no lo tengo más,

están llenos de vacíos,

sepultados debajo de todo aquello que anhelé.

¿Fui demasiado sincera?

Creo que eso fue.

Mi realidad fue demasiado real.

Mi sueño junto a ti fue demasiado vivencial.

La conexión no existió aunque la química nos embaucó.

Mis noches sin ti,

están tan llenas de nada más que retazos del sueño aniquilado.

No hay llamadas que esperar,

ni historias que escuchar,

mucho menos tu sonrisa tras la pantalla.

Pintaba perfección

culminó con un: «no tenemos futuro».

Y ahora veo que realmente no había un futuro,

nunca existió un presente;

tu fastidiosamente pesimista;

yo intolerablemente soñadora.

Aunque hoy te extrañe y nada sea como deseé,

lo que tuvimos me llenó de esperanza, amor y espontaneidad,

ni más ni menos de lo que esperé.

Ni más ni menos de lo que podías dar.

Te amo, hoy, lo afirmo,

aunque sin duda se extinguirá,

en un par de lunas,

en un diluvio que desbordará y nublará mis ojos.

© #ShadowMisLetras

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Cuando el silencio se convierte en un abismo

En toda relación, el mayor reto no siempre son las diferencias, sino el silencio que se abre entre dos personas cuando dejan de escucharse. Ese espacio no se llena con palabras vacías ni con reproches, sino con la sensación de que el otro ya no está presente, aunque físicamente comparta la misma casa.

Hay quienes luchan cada día con la esperanza de que su esfuerzo sea reconocido, con el deseo de que la indiferencia se transforme en cariño. Sin embargo, cuando la comunicación se rompe, el intento constante puede sentirse como golpear una puerta que nunca se abre.

La verdad es que la indiferencia duele más que el enojo. El enojo al menos habla de interés, pero el silencio frío construye un muro invisible que separa. Y frente a eso, lo que más se necesita no es orgullo ni reproches, sino humanidad: la capacidad de reconocer que ambos sienten, que ambos cargan heridas y que ambos merecen respeto.

Las relaciones se desgastan cuando olvidamos lo esencial: convivir con empatía. No se trata de fingir que todo está bien ni de vivir en hipocresía, sino de aceptar que la armonía requiere esfuerzo, resiliencia y voluntad de sanar.

Porque al final, más allá de los errores y las diferencias, lo único que queda es la huella que dejamos en quienes caminan con nosotros. Y nadie merece sentirse “nada” para el otro.

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Fragmentos….

Me siento atrapada en un vacío que me consume. Es un lugar frío, lleno de culpa, donde mi propia voz se convierte en mi enemiga. Me repite una y otra vez que no soy suficiente, que lo que hago nunca alcanza, que fallo incluso cuando intento dar lo mejor de mí. Y en ese eco interminable, comienzo a creerlo.

Lo que más me duele es darme cuenta de que, sin quererlo, lastimo a las personas que más amo. Basta una palabra mal dicha, un silencio prolongado, un gesto de indiferencia, y siento que todo se quiebra. Es como si cargara con la capacidad de destruir lo que más me importa, y esa idea me persigue, me sofoca, me rompe por dentro.

A veces me pregunto si realmente soy una buena hija, si en mis actos hay amor suficiente o si solo reflejan torpeza, cansancio o indiferencia. Quisiera poder mirar a los ojos a quienes quiero y saber con certeza que no les estoy fallando, que no soy una carga, que mi presencia no hiere más de lo que sana. Pero esa certeza nunca llega.

Y entonces surge la duda: ¿de verdad hago las cosas bien? O tal vez todo lo que toco termina fracturándose un poco más, aunque yo no lo vea de inmediato. Ese pensamiento me desgarra, porque amo con todo mi ser, pero el miedo de herir es tan grande que a veces me paraliza.

Vivo con la sensación de que me pierdo en mí misma, de que camino con los bolsillos llenos de piedras que yo misma me pongo, y no sé cómo quitarlas. Lo único que sé es que me duele, me arde el alma preguntándome si algún día seré suficiente, si algún día dejaré de sentir que en lugar de dar luz, solo dejo sombras en quienes más quiero.

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Constelación

Me di por vencida.

Ya no volvería a permitir que me abrazara el amor y su adictiva necesidad de morir de la ilusión de algo recíproco.

Lo hice y seguí mi camino.

Lo hice ante la inevitable travesía de un mundo lleno de ilusiones.

No contaba con la luz que irradia la constelación de tu ser.

No imaginé la astucia del hado.

Ingenua.

Creí que al darme por vencida, todo estaba controlado.

Mírame ahora.

Mi sonrisa no es que sea más grande.

Pero si refleja mi felicidad.

Mi mirada no es más despierta.

Sin embargo, tiene un brillo más intenso.

Mis anhelos ya existían, pero llegaste y me diste el empuje para alcanzarlos.

Ya escuchaba música.

Ya escribía uno que otro pensamiento.

Mi pasión, aunque dormida, ya existía.

Pero al llegar tu, se activó ese inocente sentimiento de poderío sublime.

Ese que te brinda el valor y que te da esperanza.

Antes que llegaras, mis miedos eran los mismos.

Antes de ti, ya sonreía.

Me di por vencida.

Decidí rechazar al amor.

Pero el amor no se rinde.

Se manifiesta y te vuelve a abrazar.

Se presenta de la manera menos imaginable.

Ahora, nuevamente necesito mi dosis.

Mi adicción regresó.

En otros ojos.

En otros labios.

Con una pícara sonrisa.

Una voz envolvente.

Una tierna mirada.

Mi adicción regresó.

Al llegar tú y tu constelación de luz.

© #ShadowMisLetras

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Agosto
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Agosto – 8/12

Agosto siempre llega con los bolsillos rotos,
con la espalda doblada de tanto cargar días,
con los ojos resecos de tanto mirar al futuro sin verlo.

Es un mes que no promete nada,
pero lo exige todo:
te recuerda que ya gastaste más de la mitad del año
y que la otra mitad
no es un cheque en blanco,
sino una deuda que se acumula.

Agosto es cruel,
porque te sienta frente a la mesa del tiempo
y te pregunta, sin voz,
qué has hecho con tus horas.

Los días pesan distinto aquí.
Se sienten largos, pero se fugan igual,
como si alguien hubiera abierto una grieta en el calendario
y por ahí se escurrieran tus excusas.

Agosto no sabe de paciencia:
te enseña que todo lo que pospones
se convierte en polvo,
que lo que callas fermenta hasta pudrirse,
que lo que sueñas y no persigues
termina odiándote en silencio.

Es un mes de espejos partidos,
te devuelve el reflejo de lo que finges,
y te desafía a mirar los pedazos sin huir.
A veces duele, sí,
pero agosto no vino a acariciar,
vino a recordarte que estás vivo
y que vivir significa arder,
aunque te queme.

Algunos lo odian porque trae rutinas pesadas,
otros porque se convierte en un inventario de fracasos.
Pero agosto no tiene la culpa:
es el juez que se limita a mostrarte
el archivo de lo que fuiste,
y la sentencia de lo que puedes dejar de ser.

Así que míralo de frente,
aunque te incomode.
Pregúntate qué cicatrices merecen quedarse
y cuáles solo son cadenas oxidadas.
Haz de agosto una hoguera
y lánzale todo lo que ya no eres.

Porque al final,
ese es su verdadero secreto:
no viene a recordarte lo perdido,
sino a gritarte, sin voz,
que todavía estás a tiempo.

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Remanso de Esperanza

Llegaste sin prisa, y de pronto todo cambió,
como si el aire mismo se hiciera más ligero.
Mi corazón, antes cerrado y cauteloso,
se dejó llevar por la calma de tu mirada.

La esperanza ya no es un sueño lejano,
sino una caricia que me envuelve cada día.
Tus risas, tus silencios, incluso tus gestos torpes,
son un refugio donde puedo simplemente ser.

Siento la tranquilidad de estar contigo,
de que no hay máscaras ni miedo que nos separen.
Y aunque el mundo a veces ruja y me confunda,
tu amor es un puerto seguro, constante y sereno.

No necesito promesas ni palabras grandiosas,
solo tu presencia que calma mis tormentas.
Porque en ti encontré más que amor:
encontré paz, raíces y un remanso de esperanza.

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La soledad y yo

Amo a la soledad.

El poder de estar sin estar.

La emoción de escuchar mi interior.

Amo esa burbuja de silencio.

El privilegio de escuchar la nada.

La ausencia de la inagotable estridencia del diario vivir.

Amo ver hacia la nada de mi techo.

De oír el imperceptible sonido de la nada.

De ese vacío que me llena.

Amo la ausencia de otro ser.

Y disfruto más de esa compañía cuando decido compartirla.

Porque soy un ser socialmente selectivo.

Comparto cuando debe compartirse.

Converso con y cuándo deseo hacerlo.

La soledad y yo,

es la única relación constante y estable en mi vida.

Llevamos una relación de respeto y tolerancia.

Acudimos mutuamente cuando nos necesitamos.

Nos observamos, nos escúchanos, nos respetamos.

La soledad y yo,

amamos nuestra privacidad, nuestra rareza, nuestros diálogos o monólogos.

Amo a la soledad.

Compartimos los mismos gustos musicales, las mismas lecturas y hasta los mismos amores.

Detestamos el no cuestionar todo, aunque las respuestas provoquen más preguntas.

Amo a la soledad, a mi soledad, la disfruto y la añoro.

© #ShadowMisLetras

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Esperar lo genuino

He amado con todo mi ser. He entregado sonrisas, abrazos y hasta mis silencios. He amado de formas que tal vez no todos comprendan, con la esperanza de construir algo que trascendiera el tiempo.

Hoy, sin embargo, me encuentro sola. No porque no existan opciones, sino porque aprendí que no se trata de llenar un vacío con compañía pasajera. No quiero un cuento de princesas ni un final escrito de antemano. Deseo algo real, sin máscaras ni disfraces.

Quiero un amor que no tema a mis heridas ni a mis risas inesperadas. Un amor que respete mis pausas, que celebre mis logros y que entienda que la vida no siempre es perfecta, pero puede ser maravillosa cuando se camina de la mano de alguien auténtico.

Mientras tanto, me tengo a mí. Y en este tiempo de espera, aprendo a abrazar mi soledad como un lugar fértil, donde florecerá lo genuino cuando llegue el momento indicado…

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No te enamores

No te enamores, por favor, no lo permitas.

No sucumbas ante el peor de los tormentos.

Es una tortura autoinfligida.

Beber el mejor cóctel aderezado con gotas de cicuta.

Comer el delicioso manjar contaminado con arsénico.

Se ignora que mueres un poco con cada sorbo, con cada mordisco.

No te enamores, por favor, no lo permitas.

Te conviertes en un ser inanimado.

Tus decisiones son erráticas y tu coherencia se ve nublada ante la ilusión de lo perfecto.

Te enamoras y dejas a tus deseos, a tus metas en el rincón de los pendientes.

Tu vida pasa a segundo plano.

No te enamores, por favor, escúchame.

Te transformará en un fanático devoto, en un kamikaze.

No vivirás si no es para ese ser.

Tu existencia se reducirá a una insignificante vida parásito.

Harás lo que sea necesario para ser ese ser que tu ser especial merece.

Darás todo y más, con tal de demostrarle cuánto le amas.

No te enamores, por favor, atiéndeme.

Terminarás hecho añicos.

Lamiendo cada herida con el poco amor propio que inteligentemente se escondió al ver tu insensatez.

Tu deceso será una victoria para el amor, te convertirás en un defensor de su turbia existencia.

Continuarás, como un errante, buscando el amor, queriendo triunfar y soñando con que puedes enamorarte y no sufrir sus contraindicaciones.

No te enamores, a menos que estés consciente que morirás tortuosa y lentamente.

© #ShadowMisLetras

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