Te vi por primera vez
cuando yo apenas despertaba a la vida,
cuando ser adolescente era un mundo gigante
y tú, con tu forma tan auténtica,
parecías un faro entre tantas dudas.
No supe entonces qué era lo que sentía,
solo que tu presencia dejaba un eco,
una especie de luz suave
que mi corazón guardó en silencio.
Yo pensaba que jamás me mirarías dos veces,
y aun así, algo tuyo
quedó suspenso en mí.
El tiempo siguió,
me llevó por sus caminos
y me hizo crecer.
Pero un día,
cuando ya era otra,
cuando mi voz ya sabía quién era,
la vida volvió a llevarme hacia ti.
Y al verte…
se abrió el mismo latido.
No era nostalgia,
no era pasado:
era algo que nunca se fue.
El momento que compartimos
fue como un instante fuera del tiempo:
tus ojos encontrando los míos,
las palabras calladas que igual se dijeron,
y esa conexión tan sutil
que parecía unirnos sin pedir permiso.
Aun así,
entre todo lo vivido,
volvieron aquellos nervios antiguos,
los mismos que aparecieron
la primera vez que me cautivaste
con tu manera de ser.
Quizá ahora compartimos poco,
pero ese poco pesa,
late,
importa.
No sé si tú sientes igual,
y no pretendo adelantarnos al destino.
Solo quería dejar estas líneas
como quien abre una ventana
para que entre la luz o el viento,
lo que quiera llegar.
Me alegra conocerte dos veces:
cuando aún buscaba quién era
y ahora,
cuando puedo decir lo que siento
sin miedo a mi propia voz.
Si algún día quieres hablar,
si algún día deseas abrir este mismo libro,
estaré aquí—
con la calma,
la honestidad
y la belleza simple
de lo que hoy te confieso.
Con cariño, L.