Una casa a oscuras,
una foto sonriente,
el silencio del vecindario,
un nudo en el pecho que no se va.
Los recuerdos de quienes ya no están
se quedan habitando la memoria.
Se sienten como un frío en el cuerpo,
pero no es un frío que toque la piel,
sino uno que nace más adentro.
Hay despedidas que parecen eternas.
Pasa el tiempo y, de pronto,
un aroma, una canción o un objeto cotidiano
invaden el cuerpo por completo,
y es necesario volver a decir adiós.
Porque el duelo no termina,
solo aprende a hablar más bajo.
Se esconde entre los días tranquilos
hasta que una ausencia vuelve a pronunciar sus nombres.
Y entonces comprendo
que recordar también es una forma de amar.
Que quienes se marchan nunca desaparecen del todo,
siguen encendiendo una luz, incluso en las casas a oscuras.
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