Iniciamos a jugar desde que nacemos. Con nuestros dedos dentro de la boca. Con el pezón de nuestra madre mientras nos alimentamos. El juego es esencial en nuestra evolución.
El tirar un juguete al piso desde la mesa donde nos alimentan, mientras vemos como lo levantan es divertido y causa en el infante esa felicidad que solo se interrumpe cuando los padres dejan de levantar el objeto.
Ahora la felicidad se transforma en tristeza, enojo y finalmente en frustración al no continuar la dinámica del juego donde somos quien lo dirige.
Todo es aprendizaje. No obstante, hay un fallo porque no nos enseñan a manejar la frustración. Andamos por la vida jugando a vivir.
Como todo en la vida es un juego y nos divertimos, olvidamos que todo juego tiene reglas. La más importante es: no siempre se gana aunque te esfuerces, aunque no seas honesto, aunque seas muy honesto.
Para ganar, en ocasiones, se debe perder algo.
El juicio se nubla cuando sentimos que en el juego de la estafa, ya sea laboral, académico, negocios o amor, salimos estafados.
Buscamos la revancha. El desquite. Queremos tener el control sobre cuándo, cómo y en qué momento y en qué condiciones debe finalizar este juego.
Nos aferramos a lo absurdo, poniendo en tela de juicio nuestro juicio. Colocando en riesgo lo realmente importante. Olvidando que nuestro peor enemigo somos nosotros mismos.
Atentando contra nuestra propia integridad. Socavando la poca salud mental que se aferra a la tabla de lo que se debe hacer, pero que nos resistimos a hacer.
Olvidamos que las consecuencias de la decisión a tomar conlleva una serie de ondas expansivas que vendrán a golpear otros puertos, aunque se tomen las precauciones.
Lo más lógico y sabio es dar un paso a un lado y dejar que avance el otro jugador. Sin embargo, el orgullo toma el mando con la determinación de que el juego se acabará hasta que cante la gorda.
Olvidando que la gorda es quien tiene la última palabra, dueña del escenario en la ópera de la vida, dueña de lo inevitable sino refrenas al orgullo disfrazado de falso amor propio. Iniciamos a jugar, pero olvidamos como parar.
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