Todos andamos rotos.
Caída tras caída, por la falta de experiencia, no apaciguamos el golpe y terminamos con algunas quebraduras.
Sin darnos cuenta, nos vamos apagando.
La luz que nos hacía brillar se extingue, se esconde o solo huye por las grietas de los diferentes golpes.
Todos andamos remendados.
En cada descalabro, aun con lágrimas, aun con fuertes daños, buscamos la forma de curarnos.
Suturamos con fluidos que brotan del alma y desembocan en los ojos, con un poco de soledad, con abrazos de familia y amigos, con el silencio de una oración, con el ritmo de una canción.
Todos estamos quebrados.
Pero un día, llega alguien que nos devuelve el brillo, que no sabemos cómo logra hacer renacer la luz en nuestro interior.
Un ser que nos estimula a seguir e intentar retomar esos sueños, esas metas.
Se presenta en forma de un amigo, una amiga; un hijo, una hija; un logro académico o laboral; un nuevo amor o una amistad.
Nos alimenta el alma sin mas que su presencia, su sonrisa; ese triunfo, esa satisfacción; ese beso, esa caricia.
Todos estamos rotos, quebrados, remendados y, todos mantenemos nuestro brillo, nuestra luz; se enciende con las personas indicadas, en el tiempo preciso y de una forma sorpresiva.
Nos complementan y nos complementamos, nos ayudamos sin saberlo y nos inyectamos esa pócima cargada de amor, cargada de esperanza.
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