Amo a la soledad.
El poder de estar sin estar.
La emoción de escuchar mi interior.
Amo esa burbuja de silencio.
El privilegio de escuchar la nada.
La ausencia de la inagotable estridencia del diario vivir.
Amo ver hacia la nada de mi techo.
De oír el imperceptible sonido de la nada.
De ese vacío que me llena.
Amo la ausencia de otro ser.
Y disfruto más de esa compañía cuando decido compartirla.
Porque soy un ser socialmente selectivo.
Comparto cuando debe compartirse.
Converso con y cuándo deseo hacerlo.
La soledad y yo,
es la única relación constante y estable en mi vida.
Llevamos una relación de respeto y tolerancia.
Acudimos mutuamente cuando nos necesitamos.
Nos observamos, nos escúchanos, nos respetamos.
La soledad y yo,
amamos nuestra privacidad, nuestra rareza, nuestros diálogos o monólogos.
Amo a la soledad.
Compartimos los mismos gustos musicales, las mismas lecturas y hasta los mismos amores.
Detestamos el no cuestionar todo, aunque las respuestas provoquen más preguntas.
Amo a la soledad, a mi soledad, la disfruto y la añoro.
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