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Ese amanecer era diferente a todos. La brisa era más fría, las gotas más pesadas y las nubes exageradas. Los tonos grises eran la paleta de colores que predominaban esa mañana.
Como todos los días había salido a caminar, con ansias de sentir la brisa rozar su rostro, con esa manera tan delicada que el mar lo había hecho siempre, de una forma cálida y refrescante. Esta vez no fue así. Era un día nublado.
Contaba los pasos sobre la playa, los coleccionaba en intervalos de 365. Culminaba la caminata frente a una taza de café y pan de banano. Otras veces cambiaba de pastelillo, pero la compañía era su deleite. Era el dulce del café y la alegría del tiempo.
Fue distinto. Llegó a la mesa y estaba vacía. En el café de esa mañana sintió el amargo de su ausencia. Viendo al mar, aquellas huellas sobre la playa ya no eran… estaba solo.