Decliné mis intenciones de buscarte.
Fue toda una odisea, verte dar un paso tras otro y como tu silueta se empequeñecía hasta desaparecer.
Contuve, con mis dientes presionados, el «no te vayas».
Contuve, con la mirada firme, las lágrimas que inundarían el Sáhara.
Contuve, con entereza, la manía de anteponer mi estabilidad emocional a los deseos egoístas de los otros.
Decliné cada una de las finas torturas que me auto infrinjo.
Fue placentero y sublime, lograr contener mi necesidad de autodestrucción.
Sostuve mi flagelado ser en la cornisa y aún no entiendo cómo logré no sucumbir a dar el paso y volver a caer en el abismo de la degradación y la miseria.
Alcancé a mantenerme lúcida y no recurrir al vicio para camuflar mi realidad.
Me permití no evadir más la verdad sobre ti y tus antecesores.
Me concedí liberar mis alas de las cuerdas invisibles que yo sola me impuse.
Acepté que después de tantos intentos, la vida me estaba rechazando una vez más la solicitud y lo entendí.
Decliné volver a tomar las acciones usuales, recurrentes y fallidas.
Me detuve y me sonreí,
y me abracé
y descansé.
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