Una tarde frente a la inmensidad del mar que, con su armónico oleaje, me susurra la dicha de estar viva.
La alegre tonada del retumbo de la fuerza marina, me transporta hacia aquella historia del primer libro que leí a los nueve años.
La fresca brisa se lleva aquellos pensamientos a la plenitud del topus uranos, y regresan cargados de directrices que motivan, que seducen, que inspiran a seguir soñando.
El cielo, cuyos matices anaranjados, me indica que el ocaso se apodera del momento, dirige mi mirada hacia ese profundo horizonte, donde cada ojalá me saluda al ritmo del oleaje.
Un día más sumando instantes gloriosos, alcanzando sueños, cumpliendo un «ojalá» a la vez.
Un sábado por la tarde, muy distinto a otros sábados.
Una tarde húmeda y candente, muy diferente a otras tardes.
Disfrutando de un cielo, tan diferente al tuyo.
Contemplando la majestuosidad del mar que, sin límites, dirige mi espíritu a buscar esa grandeza.
No es el lugar, es quién está hoy.
No es la locura, es el instante.
No es el futuro, es el ahora.
No es la tarde, es ésta que vivo.
No es la playa, es esta donde corro añorando abrazar su majestuosa inmensidad, es el infinito entre mis pies, y mi vista y el armónico tambolereo del coqueto oleaje.
Una tarde de sábado, el mar, la brisa, una bebida, la arena, los sueños y mis ganas de hacerlos realidad.