Agosto siempre llega con los bolsillos rotos,
con la espalda doblada de tanto cargar días,
con los ojos resecos de tanto mirar al futuro sin verlo.
Es un mes que no promete nada,
pero lo exige todo:
te recuerda que ya gastaste más de la mitad del año
y que la otra mitad
no es un cheque en blanco,
sino una deuda que se acumula.
Agosto es cruel,
porque te sienta frente a la mesa del tiempo
y te pregunta, sin voz,
qué has hecho con tus horas.
Los días pesan distinto aquí.
Se sienten largos, pero se fugan igual,
como si alguien hubiera abierto una grieta en el calendario
y por ahí se escurrieran tus excusas.
Agosto no sabe de paciencia:
te enseña que todo lo que pospones
se convierte en polvo,
que lo que callas fermenta hasta pudrirse,
que lo que sueñas y no persigues
termina odiándote en silencio.
Es un mes de espejos partidos,
te devuelve el reflejo de lo que finges,
y te desafía a mirar los pedazos sin huir.
A veces duele, sí,
pero agosto no vino a acariciar,
vino a recordarte que estás vivo
y que vivir significa arder,
aunque te queme.
Algunos lo odian porque trae rutinas pesadas,
otros porque se convierte en un inventario de fracasos.
Pero agosto no tiene la culpa:
es el juez que se limita a mostrarte
el archivo de lo que fuiste,
y la sentencia de lo que puedes dejar de ser.
Así que míralo de frente,
aunque te incomode.
Pregúntate qué cicatrices merecen quedarse
y cuáles solo son cadenas oxidadas.
Haz de agosto una hoguera
y lánzale todo lo que ya no eres.
Porque al final,
ese es su verdadero secreto:
no viene a recordarte lo perdido,
sino a gritarte, sin voz,
que todavía estás a tiempo.