Enero no irrumpe.
Llega despacio,
como quien camina descalzo
sobre los restos de una fiesta.
Trae el silencio que sigue al ruido,
el eco de lo que fuimos
y la pregunta inevitable:
¿quién seremos ahora?
Hay algo en su luz distinta,
una claridad que no abriga,
pero invita.
A mirar con honestidad,
a ordenar lo que duele,
a elegir con calma.
Enero no es promesa,
es posibilidad.
Una página sin ruido,
no por vacía,
sino por abierta.
Nos enfrenta a la urgencia de vivir sin prisa,
a entender que no todo debe empezar de golpe.
Que sembrar también es esperar.
Es un tiempo de raíces,
no de fuegos artificiales.
De silencios fértiles,
de comienzos sin espectáculo.
Y así, sin apuro,
Enero se vuelve un espacio
donde el alma se escucha.
No para resolverlo todo,
sino para recordar
que el verdadero inicio
sucede dentro.
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