Escribología

Los que no salen a la luz

Entre el placer de escribir y el estrés del tiempo
Y es que tengo tantas en mente y pocas en letras contemplo
Pareciendo que ya no quiero expresar de signos a fonéticos
Pero me opongo a aceptar que no nací para los escritos

Algunos los dejo en salmuera esperando que agarren sabor
Otros los dejo en remojo para quitarles excesos que imagino
Mi perfeccionismo me persigue y nada termina en el comedor
Se descomponen, se pierden, se olvidan y no se disfruta ni el vino

Me quedé en una larga pausa y poco a poco
Seguí escribiendo ilusamente creyendo en el ritmo
Y las pausas imaginarias que no le dan ni son ni ton
Pero necio prosigo a la faena sin mucha ilusión

Y es que entre el tiempo y el cansancio se me esfuman
No todos los escritos salen a la luz
Y que uso de pretexto ahora para escribir a ver si suman
Aunque más pareciera un chapuz

De donde me siento feliz con la rima
Práctica que estoy buscando pulir
No se para qué, pero es algo que me anima
A lo mejor pasa algo antes de morir

Y así, se termina este escrito
Que ha salido tal vez por número
O meramente compromiso
Como todas las cosas, efímero

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Las deudas que me tengo

Entre minutos y trabajo, se me va la vida
Entre planes y pagos mensuales
Se me han esfumado algunas relaciones
Y unas cuantas memorias

Eventos sin fecha ni fotografía
Personas con rostro borroso
Temporadas observadas desde el balcón
Miradas robadas y olvidadas

De uno al cinco laborioso de la semana
Del seis al siete añorado y fugaz
Uno a uno, día a día, pasa sin suceder
No hay ni letras ni postal

Sin almanaque de papel
Multitud de fechas en el calendario
Pero con pocas remembranzas
De lo sucedido hace un santiamén

Ver hacia atrás esta demás
Mucho en el olvido
Y poco en mis recuerdos
Sombras nada más

No hay fotos
No hay galerías
No hay comidas
No hay ocio

Me debo en memorias
Los momentos alegres
Las actividades no programadas
Las celebraciones no asistidas

Y es que me debo más que momentos
Me debo a mí mismo
Hundido en la fugacidad

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Ya no vuelvas por favor

¿Cómo hago para que ya no vuelvas?
¿Qué hacer para que de mí te compadezcas?

No sé cómo y en qué momento llegaste
Pero ya no aguanto este desgaste

No te invité a mi mente, pero allí estas a la fuerza
No traes nada más que afán y dolores de cabeza

Revolcado de pensamientos provocas
Ya no recuerdo cómo es cuando no estás
Aún no resuelvo para evitarte
Y lograr de mi mente alejarte 

No te extraño, no eres bienvenida a mi aposento
Pero cuando apareces sin aviso y sin llamarte
Dueles tanto que mis ojos no encuentran consuelo
Convencido estoy de no aceptarte

Los estupefacientes parecen no ser suficientes
Nada te calma y el llanto no alivia
En mi postura mis músculos crujientes
Aunque no estés, mi cuerpo no te olvida

Me siento lisiado y nadie lo nota
Porque escapar de tu peso no encuentro
Solo quiero cerrar los ojos y volar como gaviota
Sentir la libertad y tranquilidad del viento

El vino ya no ayuda
He perdido el gusto
Cerca no te quiero
De eso no hay duda

Te llamo sin querer y te siento con dolor
Te quiero lejos, ya no vuelvas por favor

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Nuestra Lejanía

Allí en la distancia está el tiempo
Pero más que el tiempo pesa la distancia
La de centímetros más que la de kilómetros
Y no es culpa de nadie

Y es que no se trata de culpables
Sino de hacer lo que se debe cada que nos vemos
Aunque seamos un par de desconocidos
La sangre nos hace más que conocidos

A ti te llevaron de la mano
Y a mí me dejaron la carta de sorpresa
No dije ni hice nada porque te amo
Aunque parece que no hay recompensa

Aun con las millas de distancia
Siempre estaré para ti cuando lo pidas
Aunque extraños en constancia
Siempre dolerá cuando te despidas

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Se viste de noche

Se despide en cada amanecer. Así comienza la espera. Cada día podría describirse de una forma completamente diferente. Hoy ha llenado de sensualidad la vista, dejándose ver por aquella pequeña rendija de la ventana. 

Lentamente, se acomoda las medias, densas, completamente oscuras, resaltando cada curva bajo aquel vestido corto que hoy luce. Acampanado, combinado con los tacones altos, de aquellos que hacen voltear las miradas y provocan imaginaciones indebidas. Le acompaña una bolsa de charol negra brillante.

Ella no sale de casa. Ella ocupa el lugar que la luz deja cuando se ausenta. Algunos, con ansias, la ven aparecer, otros con cansancio y otros están tan acostumbrados a ella, que han perdido la emoción. 

Ella es testigo de los amores desenfrenados y los vidrios empañados. Cómplice de maldades y compañera de malhechores. Absoluta y sin temores. Vigía de los que se ganan la vida cuando la mayoría duerme. Centinela de los hospitales y hechos inesperados. Incitadora de borracheras y locuras. Fugaz y permanente.

Así es ella, todos los días, sin faltar ni uno solo. Sin aviso ni señal. Aparece, para que otros mañana cuenten historias, no recuerden nada, amanezcan donde nunca desearon, hicieron lo que no debían, lloren sin reparo, rían de amor, regresen a casa o simplemente descansen en paz.

Cada noche.

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Caminante playa

Música recomendada para tu lectura:

Ese amanecer era diferente a todos. La brisa era más fría, las gotas más pesadas y las nubes exageradas. Los tonos grises eran la paleta de colores que predominaban esa mañana.

Como todos los días había salido a caminar, con ansias de sentir la brisa rozar su rostro, con esa manera tan delicada que el mar lo había hecho siempre, de una forma cálida y refrescante. Esta vez no fue así. Era un día nublado.

Contaba los pasos sobre la playa, los coleccionaba en intervalos de 365. Culminaba la caminata frente a una taza de café y pan de banano. Otras veces cambiaba de pastelillo, pero la compañía era su deleite. Era el dulce del café y la alegría del tiempo.

Fue distinto. Llegó a la mesa y estaba vacía. En el café de esa mañana sintió el amargo de su ausencia. Viendo al mar, aquellas huellas sobre la playa ya no eran… estaba solo.

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La estación

La estación

Se encontraba allí sentado, sin nadie a su lado. La estación estaba vacía, era el único que viajaría ese día. Había llegado mucho antes de su hora de salida. Al parecer la ansiedad del viaje y el apresuro de dejar aquel lugar le jugaron mal. Y es que la soledad sumada con la espera son una muy mala combinación. La duda se insinuaba, sutilmente, buscando convencerle de renunciar al plan de viajar y seguir en aquella ciudad.

“Nunca vuelvas” era el nombre del destino que se lograba ver en el boleto, que no tenía retorno. Este era un viaje con un solo destino. Lugar al que todos llegamos, pero nunca convergemos. Ante aquella duda que le invadía, veía sus maletas, una al lado de cada pierna. Con algunos stickers como souvenirs, recuerditos que la vida misma le había regalado. Algunos que sin querer estaban allí, pero que con el tiempo adecuado (de la espera) a uno le basta para darse cuenta de que lleva cachivaches de más.

Dada la espera, era un buen momento para deshacerse de algunos elementos que solo pesaban, que ya no eran importantes, que solo fueron lo que ahora fácilmente llamaba “un instante”. Mientras apreciaba cada objeto, le bastó para recordar una última vez y ceder al olvido. El exceso de equipaje cada vez era menor. Y es que a veces llevamos tanto encima que nos acostumbramos a llevar cargas que ya no son necesarias para uno ni para quien quiera que nos encontremos en el destino.

Porque no hay forma de hacer que alguien sienta la misma emoción y éxtasis de aquellas cosas vistas y vividas, eso es un regalo solo de la experiencia misma. Contar las faenas y los desaciertos solo son pláticas del pasado que aburren incluso al narrador, como un monólogo repetido frente al espejo todos los días. Ya era hora de dejar las cosas atrás.

Así terminó, con los bolsillos de fuera, dejando las pulseras sobre la banca y las maletas junto a ellas. Con menos peso, menos ansiedad, listo para subir el primer escalón del tren, sin nadie que le diga “adiós”, sin nadie que lo espere en la siguiente estación, pero seguro de sí mismo, que esta vez no regresaba. Fue libre.

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Precipitación

Solía esperar a la noche y a la temporada, juntas invocaban a la memoria, propiciando mi encuentro con la nostalgia. Esperando verte hasta entonces, y aliviar mi desespero.

Algunas veces te apareces tomada de la mano con la mañana, dejándote ver por aquellos que abren sus ojos más temprano de lo normal. En su corre corre pasas desapercibida y yo extrañándote.

También he aprendido que te gusta aparecer con sorpresa, cómplices para llegar de forma inesperada, a lo que algunos responden con alegría y otros con molestia.

En algunos despiertas gratitud cuando apareces. Otros desean solo verte pasar. Yo, por el contrario, te he visto de lejos y también he corrido de ti y hacia ti. He aprendido a bailar tu ritmo. 

El otro día te apareciste como cortina, con tu aroma inconfundible, pintando memorias de juegos, recuerdos de besos y colores de arcoíris cada que te vas.

Con tu recorrer contoneado en las ventanas, cual lágrima en la mejilla. Robándote notas de canciones y suspiros de corazones. 

A veces te escucho venir, y pareciera que me es más fácil sentirte con los ojos cerrados, en dirección al cielo, de allí, donde nacen tus motivos.

Te llevas entonces, contigo, las gotas de mis ojos, suspiros de mi pecho, recuerdos de mi alma y nostalgia de mi corazón. 

Vuelve pronto… lluvia.

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Las hice mías

¡Sí! A cada una las hice mías,
escribí memorias con cada una,
trabalenguas de agonías,
gozadas una a una.

Algunas a una edad temprana,
otras un poco tarde y complejas,
cada una con su belleza privilegiada,
juntas haciendo historias añejas.

Con unas, dolor,
con otras, tristeza,
algunas, con pereza,
pero con todas, amor.

Cada una con su voz tan única,
con sus contornos especiales,
composiciones que hacen música,
narrando viajes espaciales.

De la A a la U,
de la B a la Z,
de escasez y antigüedad,
entre vocales y consonantes.

Todas han sido mías,
bellas letras,
juntas o separadas,
acompañándome en este viaje…

Escribiendo.

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La blusa de puntitos

Coincidimos en la calle, porque la avenida era muy transitada. Allí estabas, con tu blusa de puntitos, fondo blanco, patrón negro. Con tu piel blanca y lunares de adornos, accesorios de belleza, recorridos uno a uno, intactos en mi memoria, los notorios y los ocultos, grandes y pequeños.

Te acompañaba tu hermosa sonrisa y tus encantadores ojos. Sí, allí donde Los Cafres hicieron eco: “será que sos un ángel y no podés disimular”. Entre emoción y nervios. Vos y yo, a unos kilómetros de nuestro primer arrumaco.

Allí, donde nuestro destino se detuvo y nuestros mundos colisionaron. A los girasoles se les hizo el verano y las tormentas se pausaron. Abrazo como tatuaje para toda la vida, preámbulo de frenesí. Corazón acelerado, temblor de labios, calor de piel, reducción del ritmo cardíaco, mejilla con mejilla. Ahora sí, a un segundo de distancia y para siempre herido.

Se detuvo el tiempo, el pasado y el futuro. Y el presente, la burbuja. Entre saliva y ternura, entre miedo y precipicio. Condenado y amado. Marcado para siempre por esa blusa y el evento, provocando conmoción permanente, deseando detener el momento. Pero no.

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