Escribología

Aunque no estés

Hay personas que llegan a nuestra vida para recordarnos quiénes somos en lo más profundo.
Personas con las que el tiempo parece detenerse, con quienes el alma se siente en casa.
Ellos no nos piden que finjamos, no esperan máscaras ni versiones editadas: simplemente nos dejan ser.

Pero ser no siempre significa estar.

No siempre significa compartir una rutina, amanecer juntos o tener planes para el fin de semana.
A veces significa sostener el alma de alguien en silencio, aun cuando la distancia —o la vida— nos impida sostener su mano.
Significa saber que hay un lugar en el corazón de esa persona que es nuestro, aunque no haya espacio en su calendario.

Hay tristeza en esa certeza.
Una tristeza dulce, como esa canción que nos encanta aunque siempre nos haga llorar.
Porque duele saber que no habrá mañanas compartidas, que sus risas no llenarán la cocina un domingo,
que no habrá discusiones tontas ni reconciliaciones en medio de la noche.

Y aun así, hay belleza.

Belleza en el hecho de que podemos ser nosotros mismos en un mundo que tantas veces nos pide lo contrario.
Belleza en que alguien vea nuestras cicatrices y decida que somos dignos de cariño.
Belleza en que, aunque no tengamos un “para siempre”, tenemos un “para lo que dure”, y eso también es amor.

Ser sin estar es aprender a amar sin poseer.
Es aprender que no todas las historias necesitan un final feliz para ser hermosas.
Es agradecer que, por un momento, por un instante, alguien nos permitió ser exactamente quienes somos.

Y aunque no estés,
aunque nunca estemos,
aunque la vida nos haya puesto en caminos distintos,
gracias por recordarme lo que significa ser yo.

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Cuando el silencio se convierte en un abismo

En toda relación, el mayor reto no siempre son las diferencias, sino el silencio que se abre entre dos personas cuando dejan de escucharse. Ese espacio no se llena con palabras vacías ni con reproches, sino con la sensación de que el otro ya no está presente, aunque físicamente comparta la misma casa.

Hay quienes luchan cada día con la esperanza de que su esfuerzo sea reconocido, con el deseo de que la indiferencia se transforme en cariño. Sin embargo, cuando la comunicación se rompe, el intento constante puede sentirse como golpear una puerta que nunca se abre.

La verdad es que la indiferencia duele más que el enojo. El enojo al menos habla de interés, pero el silencio frío construye un muro invisible que separa. Y frente a eso, lo que más se necesita no es orgullo ni reproches, sino humanidad: la capacidad de reconocer que ambos sienten, que ambos cargan heridas y que ambos merecen respeto.

Las relaciones se desgastan cuando olvidamos lo esencial: convivir con empatía. No se trata de fingir que todo está bien ni de vivir en hipocresía, sino de aceptar que la armonía requiere esfuerzo, resiliencia y voluntad de sanar.

Porque al final, más allá de los errores y las diferencias, lo único que queda es la huella que dejamos en quienes caminan con nosotros. Y nadie merece sentirse “nada” para el otro.

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Esperar lo genuino

He amado con todo mi ser. He entregado sonrisas, abrazos y hasta mis silencios. He amado de formas que tal vez no todos comprendan, con la esperanza de construir algo que trascendiera el tiempo.

Hoy, sin embargo, me encuentro sola. No porque no existan opciones, sino porque aprendí que no se trata de llenar un vacío con compañía pasajera. No quiero un cuento de princesas ni un final escrito de antemano. Deseo algo real, sin máscaras ni disfraces.

Quiero un amor que no tema a mis heridas ni a mis risas inesperadas. Un amor que respete mis pausas, que celebre mis logros y que entienda que la vida no siempre es perfecta, pero puede ser maravillosa cuando se camina de la mano de alguien auténtico.

Mientras tanto, me tengo a mí. Y en este tiempo de espera, aprendo a abrazar mi soledad como un lugar fértil, donde florecerá lo genuino cuando llegue el momento indicado…

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LA ESPERANZA NO ES CIEGA

Dicen que la esperanza no es ciega, sino visionaria. Que no se aferra al presente, sino que se asoma al mañana como quien mira por una ventana limpia en medio de la tormenta.

Imaginar la esperanza como un espejo colgado en el futuro es una metáfora increíble. No es un simple deseo sin fundamento. Es un reflejo de lo que podríamos llegar a ser si seguimos avanzando, si no soltamos la fe, si seguimos caminando incluso cuando el camino se nubla.

Ese espejo no está ahí para mostrarnos lo que somos ahora, sino lo que podemos construir con esfuerzo, con paciencia, con amor y con propósito. En él vemos nuestra mejor versión: más fuerte, más sabia, más plena.

La esperanza no nos aleja de la realidad, pero sí nos recuerda que el presente no es el final del cuento. Nos anima a seguir cuando todo parece detenido, porque allá adelante —aunque no lo veamos del todo claro— hay una imagen que vale la pena alcanzar.

Así que cuando todo parezca incierto, no olvides mirar hacia ese espejo colgado en el futuro. Tal vez no veas el reflejo completo todavía, pero basta con un destello para recordarte que lo mejor aún está por venir.

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¿Quién soy sin ti?

En años, me he definido a mí misma a través de ti; mi razón de vivir, mi mayor motivación, mis días, mis noches, mis pensamientos, mis sueños y mis ilusiones. Todo era través de ti.

Ahora que ya no estás, me enfrento nuevamente con el dolor del abandono. Digo nuevamente porque quizá la niña que hay en mí, aún le duele ser abandona. Y surge esta pregunta que es devastadora… «¿Quién soy sin ti?».

Al irte, te llevaste contigo una parte importante de mí, pero no la totalidad, y justo ahí encuentro la respuesta.

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Quisiera ser como tú


Tan indiferente, tan imperturbable. Tan dueño de ti mismo.
Jugando con mis emociones como si fueran piezas en un tablero que solo tú entiendes, mientras yo, sin quererlo, me convierto en tu juego favorito

Me encantaría tener esa frialdad tuya, esa facilidad con la que te vas, con la que vuelves, con la que actúas como si nada doliera.
Pero no puedo.
No sé cómo.

Porque yo te veo… y me desbordo.
Se me escapa la calma, se me agitan las certezas, se me rompe el silencio.
Todo lo que intento esconder se vuelve evidente cuando estás cerca.
Y mientras tú pareces intocable, yo soy pura vulnerabilidad envuelta en palabras que nunca me atreví a decir.

Quisiera aprender a ignorarte. A borrar tus huellas de mi mente, a caminar sin voltear por si acaso vienes detrás.
Pero la verdad es que me importas más de lo que debería, más de lo que mereces.
Y eso… eso me pesa.

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Te volvería a besar…

Te volvería a besar…
una y mil veces,
sin pensarlo, sin pausas, sin finales.
Te volvería a besar aunque supiera que el mundo se detiene,
aunque el tiempo corriera al revés
y que el destino nos puso en caminos imposibles.

Te volvería a besar
como un secreto compartido,
como una promesa susurrada en la piel,
como ese “aquí estoy” que solo entienden dos almas que se reconocen.

Porque si de algo estoy segura…
es que en otra vida, en otro lugar, en cualquier universo…
volveremos a coincidir
Y sí…

Si te volvería a besar

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USTED

En un mundo que se despoja de formalidades, donde lo inmediato se confunde con lo importante, yo elijo la pausa. Elijo tratarlo de usted, y que me trate de usted, porque en ese gesto se esconde un delicado arte: el arte de la distancia que acerca, de la cortesía que seduce, del respeto que enamora.

Cuando le hablo de usted, cada palabra se vuelve un susurro elegante. No hay prisa, no hay atropello, solo el ritmo suave de alguien que le mira con atención y le concede un lugar en su universo. No le invado ni le dejo ir, le contemplo desde una orilla donde el lenguaje no golpea, sino que acaricia.

Es en esa forma pausada de dirigirme a usted donde empieza el encanto. Porque tratarlo de usted no es poner una muralla, es construir un puente. Es decirle que lo respeto tanto, que cada palabra que pronuncio lleva la calma de quien no quiere equivocarse. Y en ese respeto, me pierdo. Y me encuentro.


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INQUEBRANTABLE

Eres la llama que nunca se apaga,
el eco que en el viento no muere,
un latido constante en el alma,
el sol que en la noche también me espera.

Eres más que piel y más que sueños,
eres cada estrella que vigila mi andar,
una risa en medio del silencio,
un refugio al que siempre quiero llegar.

Cuando el tiempo se vuelva incierto,
cuando los días se desvanezcan sin más,
mi amor por ti no conocerá invierno,
ni tendrá miedo de envejecer jamás.

Eres el misterio, el abrazo infinito,
una canción que no se olvida al despertar,
serás mi historia, mi eterno mito,
un amor inquebrantable.

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Crisis de abandono

El vínculo que tengo contigo es un ancla atada con nudo ciego.

Es un lazo tan profundo y enredado que, en lo más íntimo, mi identidad y mi bienestar queda completamente entrelazado contigo.

Mi día a día lo vivo anhelando tu presencia, tus gestos, tus palabras, busco señales de amor… o quizá señales de rechazo.

Vivo en una cuerda floja, donde mi seguridad parece siempre estar en peligro de desmoronarse… no solo del miedo a estar sola; es el terror de perderte.

En mi mente tu eres mi razón de ser.

Mi mente se quiebra y se desgarra cuando me amenazas en dejarme o te alejas, en mi mente vivo los golpes más profundos, experimento un abismo donde mi vida se detiene por completo, como si mi mundo se destruyera en cuestión de segundos…

Dependo de ti no solo para ser feliz, sino para mi supervivencia emocional.

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