Hay personas que llegan a nuestra vida para recordarnos quiénes somos en lo más profundo.
Personas con las que el tiempo parece detenerse, con quienes el alma se siente en casa.
Ellos no nos piden que finjamos, no esperan máscaras ni versiones editadas: simplemente nos dejan ser.
Pero ser no siempre significa estar.
No siempre significa compartir una rutina, amanecer juntos o tener planes para el fin de semana.
A veces significa sostener el alma de alguien en silencio, aun cuando la distancia —o la vida— nos impida sostener su mano.
Significa saber que hay un lugar en el corazón de esa persona que es nuestro, aunque no haya espacio en su calendario.
Hay tristeza en esa certeza.
Una tristeza dulce, como esa canción que nos encanta aunque siempre nos haga llorar.
Porque duele saber que no habrá mañanas compartidas, que sus risas no llenarán la cocina un domingo,
que no habrá discusiones tontas ni reconciliaciones en medio de la noche.
Y aun así, hay belleza.
Belleza en el hecho de que podemos ser nosotros mismos en un mundo que tantas veces nos pide lo contrario.
Belleza en que alguien vea nuestras cicatrices y decida que somos dignos de cariño.
Belleza en que, aunque no tengamos un “para siempre”, tenemos un “para lo que dure”, y eso también es amor.
Ser sin estar es aprender a amar sin poseer.
Es aprender que no todas las historias necesitan un final feliz para ser hermosas.
Es agradecer que, por un momento, por un instante, alguien nos permitió ser exactamente quienes somos.
Y aunque no estés,
aunque nunca estemos,
aunque la vida nos haya puesto en caminos distintos,
gracias por recordarme lo que significa ser yo.


