Julio es una herida caliente.
No sangra, pero quema.
Es ese punto medio del año donde los planes se mueren
o reviven con furia.
Julio no perdona.
Te recuerda todo lo que prometiste en enero
y todo lo que no hiciste en junio.
Es un espejo sin filtros,
una verdad sin maquillaje.
Te desnuda sin tocarte
y te pregunta sin palabras:
¿quién sos ahora?
Julio tiene la paciencia de un verdugo.
Cada día que pasa, afila el cuchillo del tiempo
y te observa mientras fingís estar bien.
Mientras seguís corriendo en círculos
para no admitir que estás perdido.
Mientras te aferrás a excusas con nombres bonitos:
“agotamiento”, “proceso”, “ya casi”.
Pero Julio no compra humo.
No quiere likes, ni frases motivacionales,
ni sueños envueltos en filtros de Instagram.
Quiere hechos.
Pasos concretos.
Cicatrices reales.
Es el mes donde el sol te cocina por fuera
y las dudas te fríen por dentro.
Donde el calendario arde
y no hay lluvia que te salve del incendio personal.
Julio es una frontera.
No entre países,
sino entre versiones de vos mismo.
Y si no cruzás…
te vas a quedar viviendo en la mentira cómoda
de lo que pudo haber sido.
En esa zona tibia
donde nadie se muere,
pero tampoco vive.
Julio arde.
Y vos…
¿vas a arder con él o vas a salir del fuego?
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