Escribología

Durazno

Despierto, y ¡si! La voz de una tormenta me toma por sorpresa. Parece querer comunicarse conmigo, contarme su enojo o inspirarme.

Únicamente la escucho y pienso que el invierno llegó, trayendo entre sus maletas mis recuerdos.

Ríos de sonrisas y lágrimas de desahogo, se pintan en mi memoria.

Alzo un durazno entre mis dedos, pero se desvanece en un suspiro, ahora la tormenta es más fuerte, busco el durazno pero ya no está.

Sangre aparece en su lugar, y a partir de ahora no entiendo nada. ¿Será esto un sueño? Pregunto una y otra vez.

Nadie me responde, pero todo se desvanece, nada es real. La lluvia cae ligera, ahora el silencio es fatal, estoy solo con mi mente.

Otro día ha comenzado, el invierno, una estación hermosa, regresó, lo de la noche anterior ahora es un simple misterio, que en unos días no existirá.

PL

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Insípido

Durante horas pasaba sentada en la orilla de la cama imaginando el color de las rosas de mi jardín, pensando en cómo lucían las margaritas en el comedor de mi vecina y tratando de averiguar cómo eran los famosos campos de tulipanes en Holanda. Según Mateo, mi hermano, él solo los había visto en internet, y no eran tan lindos como todos decían; sin embargo, yo había logrado identificar que su voz vibraba diferente cuando me mentía.

Me vestía a oscuras aunque el día fuera soleado y radiante. No sabía si en realidad el amarillo combinaba con el verde, pero los dos nombres me agradaban, uno sonaba a cariño y el otro a naturaleza. Tampoco podía terminar de identificar qué forma tenían los tacones, pero en definitiva adoraba el sonido que producían cuando caminaba por las calles.

Mis ojos no funcionaban como el del resto de mi familia, y Coco, mi perro, lo sabia perfectamente; sin embargo, los olores me bastaban y con eso ambos éramos felices. Teníamos muchos aromas favoritos en común y la pizza de cinco carnes era uno de ellos.

Al parecer mi vida era un sueño. Un sueño porque no estaba segura de la realidad en la que estaba viviendo. Escuchaba las noticias cuando trataba de cocinar la cena, pero no podía concretar qué estaba pasando a mi alrededor ni entender de un todo cómo el vehículo gris había impactado con el anuncio de Coca Cola y, claro, no hay periódicos con braile.

A lo lejos escuché la cita bíblica de siempre: «Te encantará», y fue cuando recordé que no estaba en casa, sino en la clínica de Jonh, mi doctor.

-Te quitaré las vendas de los ojos en unos minutos, sólo no estés muy tensa- Me recordó con mucha fe y entusiasmo. Podía sentir la calidez de su voz. De repente repitió que la vista de su consultorio era la indicada para ver por primera vez.

Creo que mis manos estaban temblando, en realidad no solo lo creo porque estoy segura que temblaban y además, sudaban frío. Tenía miedo de todo, miedo de que lo común me pareciera extravagante, de que me agradara aquello no bien visto, o que el celeste del cielo no fuera del tono de celeste con que mi imaginación creció.

Hubiera deseado que Coco estuviera aquí en este momento. Él me hubiera entendido a la perfección… es que a Coco le gustan las cosas que Mateo dicen que no son normales.

De repente solté una sonrisa, de las pequeñas y tímidas. De las que salen entre dientes porque son solo para disfrute de uno y no de la sociedad. Era de esas sonrisas perfectas, porque sabía que solo yo la entendía a oscuras.

Sentí las manos de Jhon sobre mi rostro. Estaban templadas y olían a medicina. -Estás un poco inflamada del rostro, pero sigues viéndote hermosa-, me dijo mientras retiraba con delicadeza los harapos quirúrgicos de mis ojos.

Creo que notó mi incomodidad, pues a la larga ninguno de los dos estaba seguro si después de todo, ver era lo que quería.

Me sentí como cuando de niña los médicos colocaban una lámpara de luz fuerte frente a mí para medir la sensibilidad de mi vista. Supongo que se debía a que había pasado con las vendas puestas poco más de 48 horas.

John me preparó.

-Frente a ti hay un espejo, y al lado artículos con distintos colores tenues, para que no sientas tan brusco el color-, me alertó.

Por fin había retirado todo aquello de mi cara y escuché con atención cuando me dijo que probablemente vería borroso. Reí porque en realidad esa palabra no forma parte de mi vocabulario, pero asenté con la cabeza.

Abrí los ojos atendiendo celosamente las instrucciones de John. Pero no, no divisé los colores de nuevo, una vez más no sabré porqué la gente dice que el negro me hace ver pálida y me volveré a quedar con la duda sobre lo atractivo que todas dicen que es John…

No solté una sola lágrima, pero mi doctor sabía que estaba por estallar. Sentí su mirada penetrante, escuché como bacilaba al tratar de formar oraciones de ánimo y le pedí que callara.

Tomé un taxi, no sé si era amarillo, verde, blanco o café. Solo lo tomé. El conductor me hizo un comentario sobre lo oscuro que estaba el día y sorbe cómo el noticiero de las ocho había cambiado de set.

Dulce. Amargo. Ácido, Insípido. Sí, insípido sentía que todo se había vuelto y el sabor insípido era perfecto para describir el color de mi día.

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Silvestre

Tu sabor, de fresa silvestre

Me invita a recorrer tus lunares, mapeados en cada centímetro de tu cuerpo.

Rojo tu corazón, con aroma carmesí, me invita a recorrer tu dulce silueta.

A veces dulce, a veces ácido.

La esencia de tu olor es lo que me llama a descubrir realmente tu sabor, tus besos con chocolate la mejor combinación que puede existir, dan placer a cada papila gustativa de mi deseo

Tu origen campestre, salvaje. La tentación Perfecta para pecar cuando voy camino al cielo, no existe mejor paraíso que saborear tu misterio.

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Sandía Sandía

Sandía melodía
en los días de los días
de los días de los días
se cuentan historias divertidas
al borde de una calle congelada
por los grises de una ciudad
que conserva el mismo ritmo;
un ritmo lúgubre y aburrido.

Sandía chiquitía
desde su centro conocida
ciertos labios toparon labios
rojo caramelo
con cucharas de plastiquío
y sonidos raros
que por extraña vez
no eran gemiditos.

Sandía bonitía
chulitía y regordeta
verde cuerpo
y casirojo, naramillo
entre lentes obscuros
frases poco buscadas
frente mano gota
relajío
calmado venadío
tranquilío.

Sandía alegría
emoticones armonía
saltan globitos
con letras negrititas
chinitas aspiricuetas
de caminales confusiones
de intrusas infusiones
conclusiones y deducciones
de una serie raritía

Sandía rebeldía
pensadora acusiocintía
en los parques escondido
de las insólitas peninsulías
que permiten
malos pensamientos
malos sentimientos
y buenas humanidades.

Sandía cositía
tierna cachetona
con ojos sinceritos
que turbian
los latiditos
de los aires suspirosos
sonrisas soñolientas
ideas retorcidas
de un ser humano
xibalbío
que expresa sus resabios
en versos mal escritos.

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Antes que la muerte me gane…

Él, el hombre que amo,

nuca ha sido odiado, solo incomprendido,

porque en sus hombros carga el dolor que su corazón repele.

 

Aquel, el que nunca fue niño,

el que nunca fue adolescente,

el que labrando la tierra,

el que vendiendo la cosecha,

trajo a los suyos lo que su sudor logró.

 

Ese, el hombre que amo,

no me dio consejos,

pues con mano dura, indirectamente,

me guió hasta donde estoy,

con lecciones que me han marcado.

 

¿Qué haría yo sin él?

¿Dónde estaría yo sin él?

¿Qué sería de mi vida sin mi guía?

 

El hombre que amo,

El hombre que amo

El hombre que no sabe que lo amo,

pues de mi boca no han salido esas palabras.

 

Espero tener el valor de decirle cuanto lo amo,

antes que la vida se acabe,

antes que la muerte me gane.

 

Te amo apa.

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Evidencia

Desandaré todos los caminos que me trajeron hasta aquí
Le pediré al viento que se lleve los suspiros
Echaré al mar las lágrimas que quedan por derramar

Fingiré que nunca se rompió mi corazón
Te veré sonreír para otras miradas
y pensaré que tu paso por mi vida fue solo un sueño y nada más

Vaciaré los baúles de la memoria
Y quemaré todas las evidencias que quedaron de este amor

Será cómo si nunca hubiera soñado abrazada a tu cintura
Y nuestros ojos no se hubieran visto jamás

Vacié todo, no quedó nada de ti,

ninguna evidencia de tu paso por mi vida

ninguna evidencia de que alguna vez

estuviste aquí

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El ficticio mundo de un maniquí

Cuenta el viento, que más allá de las estrellas, existe un mundo interesante, muy diferente a lo conocido, tan raro que en el universo no tiene contrincante.

Que allá no se necesita vivir para vivir, no es necesario comer ni sentir, es tan especial que ahí es posible existir sin tenerlo que decir.

No se necesita de las estrellas para iluminarte, pues desde el principio tu vida es una obra de arte, el tiempo no es real y el silencio es como escuchar un musical.

Cuenta que la guerra no existe, que el dolor es un chiste, que el pensamiento se lo lleva el viento y que el lamento, dinero, preocupación y sustento, son un simple invento, pintados con un pincel cubierto de miel.

Se dice que ahí los paisajes son perfectos, con ríos que dibujan trazos rectos, decorados por una sola casa gigante, habitada por un maniquí muy elegante. Que espera una visita desde siempre, pero que como el lo presiente, nunca llegará. Pues su mundo está lejos de lo real, fuera de lo convencional, sumergido en sueños imposibles, que incluso en la mente de nuestro maniquí suenan poco factibles.

Pero aunque el comprende esto sigue soñando, luchando, tratando de sonreír o bien fingir, hasta que un sollozo sea arrastrado por el viento, o se pinte una sonrisa donde hubo un lamento…

PL

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Miradas cruzadas

La mirada era puntual, a las 10:00 de la mañana, cuando después de ir por unas copias los jóvenes ojos de Sara se topaban con los experimentados de Martín. Sara pasaba a su lado y hacía como si no notara su presencia; sin embargo, era evidente que él esperaba la de ella.

Estaban a tan sólo siete lugares de distancia, y aun así no había un buenos días, ni un buenas tardes. Pasaban las ocho horas sin siquiera un “qué tal”, pero ambos eran felices de tenerse cerca.

Los diez años que Martín le llevaba a Sara no pasaban desapercibidos y en realidad a ninguno de los dos les importaba. El único impedimento era que él estaba casado y ella comprometida.

Su forma de vestir, de hablar y demostrar cuánto sabía en la lejanía, era la forma de coquetearse. Los besos que se daban estaban tácitamente escritos en prensa y las dulces palabras se ahogaban en el mal café de cada mañana.

El sonido de los zapatos altos de Sara se escuchaban por toda la redacción, su sonrisa cálida, esa que no le negaba a nadie, era lo que mantenía vivo a Martín.

Sara por su parte, escuchaba la ronca voz de Martín cuando intercambiaba ideas con el resto de compañeros. Se deleitaba viendo como tomaba los libros y sonreía con ellos.

Ambos se veían delicada y cuidadosamente, pero ninguno decía nada.

Las miradas pícaras llegaron al tiempo, la atracción era inevitable, pero los dos sabían que debían terminar con ellas sin importar qué sintieran, pues de seguir con el juego, habrían daños a terceros…

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Calla

Calla,
No digas «te quiero»
Créeme,
Te arrepentirás luego

Cuándo salgas por esa puerta
Todo será pasado,
Nada más que un incomodo sueño

Por eso calla
No digas que volverás
Te lo aseguro
No lo desearás

No recordarás más
El susurro de mi voz
Ni escucharás
A mis silencios gritar

Calla
No quiero escuchar
No vuelvas la mirada
No digas que volverás

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Lágrimas

Se han filtrado reacciones químicas
desde el centro de mando
han precisado instrucciones
que doblegan la poca razón que le queda
diluyendo H2O por áreas visibles
que parecían sin conquistar
por los destrozos que el arte provoca

El progreso de la edad
ha menguado la inmadurez que concomitaba
el 1.64 que algunos astros permitieron coincidir
entre las piernas de una madre.

Algunas acciones sedujeron
lágrimas emocionales
que sin saber
sabían diferente
que otra lágrimas normales

Diferían en su alma,
además, en su composición molecular
unas quemaban
otras ardían
otras más convulsionaban
y algunas pocas acompañaban
esta finitud que terminaba en sonrisa.

Algo tenía como cuerpo
uno que se devoraba el tiempo
que le pegaba en la frente
pero era ese mismo tiempo
que le había dado las herramientas
para protegerse del inconmensurable
ilimitado, inagotable, incontable,
inmedible y permanente
caos del espacio sideral.

Lee, lee y relee
lee, relee y lee,
relee, lee y lee
lee, lee, lee
relee
relee
relee
sin entender nada

Pero ¿qué tanto se leen
gotas que caen del cielo de alguien?
en esas barbas abiertas
entendía había luchas
que no tenían que pelearse.

Los espejos revelaban una verdad:
la misma verdad que evitaba
una verdad que confundía
con debilidad.

Iba y venía
iba y venia
iba y venia
suspiro
iba y venia
iba y venia
iba y venia
hasta quedarse sin aire
en ciclos interminables
repetidos con la misma ímpetu
con que comenzó
hasta alcanzar la
panda paz.

Había números que trastocaban esta levedad:
1989, 14, 21, 7, 4, 54, 43, 8
y algunos otrosque estaban por venir
para los cuales pretendía,
más bien, esperaba
estar preparado.

Reparaba su equilibrio,
con poquitos de agua.

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