No me
encuentro en el lugar donde creí que estaría hace unos años, analizo una y otra
vez, el porqué de mi decepción y parece que todo apunta a que fantaseé con una
promesa vacía: la cima, pero no el fracaso.
Solo
puse mi esperanza en las palabras de quienes me educaron para ser parte de: “Algo”
Mi hogar
estuvo lleno de amor y compresión (con poca corrección), no me quejo de estos
detalles, en realidad le agradezco a la vida por crecer en un hogar donde me
inspiraron a soñar y a creer en un mundo mejor, aunque admito que mucho de
estos elementos, no está bien.
No digo
que creer y soñar está mal. Al contrario, creo que cada día necesito personas
que me motiven a hacerlo. Lo que, si pienso que está mal, es que nunca me
explicaron las letras pequeñas que van en los contratos de los sueños.
Me dijeron: ¡Tú puedes!
Pero
no me explicaron: a veces deberás dar más de lo que crees que tienes.
Me dijeron:
¡Serás la mejor!
Pero
no me explicaron: para ser el mejor deberás hacer sacrificios y renunciar a tu
comodidad
Me dijeron:
¡Sueña con lo imposible!
Pero
no me explicaron: alcanzar lo imposible requiere que lo intentes más de 100 veces.
Quizá
me di cuenta un poco tarde que: el
fracaso es parte del éxito, un intento nunca es suficiente porque cien de ellos
son los que marcarán una diferencia, el trabajo es parte de la victoria y los días
alegres son los sucesores de los días lluviosos.
Me llevo algún tiempo aprender que un sueño es lo bastante grande cuando nacen nuevos en él, pero creo que asimilé la lección: la cima solo se puede alcanzar cuando los fracasos son los escalones para llegar a ella.
Att: niñez del siglo XXI