Escribología

Enamórame en noviembre

Enamórame en noviembre. Cuando el sol se vuelve artista. Y pinte sus atardeceres de rosado. Cuando el viento es frío y mis brazos pidan tus abrazos.

Enamórame en noviembre. Cuando la nostalaia florece y el año se agota lentamente. Cuando las noches son largas y mis labios sean la cuna de tus besos.

Así que, si quieres, dime lo que sientes. La luna espera cuentos de amores. De amores que nacen y otros que mueren. Ven, enamórame despacio, pero no esperes a que noviembre llegue a su ocaso.

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Déjame besarte

Te noto cansado.
Ven, siéntate a mi lado.
Déjame besarte.
Déjame acariciarte.
Sé que estás triste.
Y que la vida te duele.
Recuéstate en mi hombro
y deja salir ese llanto amargo.
El cielo es negro.
Tu corazón se ha inundado.
No hay mucho por decirte,
tan sólo puedo abrazarte.
Y puedo quererte,
pero la vida a mi también me arde.

Quedémonos en silencio.
No soltaré tu mano.

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Tus palabras como piedras

Tus palabras como piedras, afiladas y calientes, que caen sobre mi espalda y sobre mis brazos. Algunas las lanzas tan certeras que logras pegarle a mi cabeza. Tan hirientes que me parten en pedazos, dejando mi corazón expuesto a tu odio, a tus prejuicios y a tus normas. Tan hirientes que abren mi cerebro y lo llenas de tus insultos, de tus estereotipos y tus malos deseos.

Tus palabras son muy fuertes, no tienen delicadeza. Tan solo las escupes, ni siquiera las procesas. Se te caen de los labios y llegan a mis pies, algunas las esquivo, algunas las machuco, pero otras me hacen tropezar y cuando estoy ahí, en el suelo, me patean, me hieren, me dañan y se ríen de mi falta de fuerza o de mi falta de voluntad.

Como si tú estuvieras libre de pecado, lanzas tu piedra a mi paso y no te has puesto a pensar que mi único pecado es no responderte, no hacerte frente, no confrontarte. Mi único y verdadero pecado es hacerme pequeño, no luchar por mi lugar, pero el tuyo, tu pecado, ese asqueroso e inmundo que andas arrastrando, tiene nombre y es pesado. Se llama ODIO. Tu pecado es no aceptarme y hacer que tus hijos hereden tu veneno, que se conviertan en uno más que hará daño a los que somos diferentes.

Tus palabras son cadenas que buscan atar mis pies y mis manos. También son vendas que buscan cubrir mi boca y tapar mis ojos. Son disfraces sin colores, sin plumas y sin brillantina. Me quieres ver cubierto de pies a cabeza con un vestido de tristeza y desaliento.

Te diré algo que quizá nadie se tomó el tiempo de enseñarte. El poder de las palabras es grande y utilizarlas requiere ser responsable. Una palabra puede construir un universo, algo bueno, algo pleno, algo libre, algo feliz. Pero una palabra tiene también el poder de destruirlo, de romperlo, de apacharlo y hacerlo dejar de existir.

Si, le tengo miedo a tus palabras, pero me provoca más miedo cuando las diriges a quienes me acompañan, a mis novios, a mis amigos, a mis seres queridos, a quien sea que camine a mi lado. Me da miedo porque sé que yo puedo con su peso, pero ellos no merecen esas faltas de respeto. En especial, me aterra cuando las diriges a aquellos que apenas empiezan a transitar el camino de la diversidad. Aquellos que aún están buscando su identidad y tus feas y desagradables palabras no hacen más que causarles dolor, penas y una gran aflicción.

Por eso hoy me tomo el tiempo de escribirte esto, porque quiero devolverte algunas palabras, no como piedras, te las ofrezco como flores, como un regalo para tu alma. Mis palabras no vienen llenas de odio, vienen llenas de amor, porque yo no te rechazo. Lo que rechazo es lo que intentas hacerme y hacerle a mi comunidad. Quiero que mis palabras sean ese pan que te cae del cielo, que te alimenten y te sanen de esa enfermedad que tienes, ese mal que te acecha y que se llama LGBTQfobia.

Quiero que mis palabras te calen en los huesos y se impregnen en tus sesos. Deja de impartir odio, deja de lastimar, no somos ningún monstruo ni algo que debas rechazar. Tan solo somos humanos, la única diferencia es que somos fabulosos y no nos cansamos de luchar. Quiero que mis palabras sean la luz que le hace falta a tu alma y aprendas de una vez por todas, que nunca nos vas a lograr apagar.

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Plumas de colores

De pequeño siempre supe que mis alas tenían plumas de colores. Por miedo las escondí, me limité a caminar, para no causar impresiones.

Olvidé lo que era ser feliz o, quizá por mis inseguridades, nunca lo aprendí. Deje de ser real, deje de ser honesto y en un sin fin de pretextos me convertí.

Observé siempre al resto, pero nunca entendí por qué éramos “diferentes”. Todos reían, todos lloraban, todos bailaban, todos se veían siempre alegres.

Con los años me fui endureciendo, guardando mis sentimientos. En fin, crecí. El color en mis plumas se iba opacando, pues poco a poco me olvide de mí.

En algún momento mi corazón comenzó a exigirme que le diera razones, pues no entendía por qué me escondía tan bien debajo de tantas opresiones.

Durante varias noches lloré e intentaba volar, pero al no saber cómo, caí. Mis alas no sabían cómo moverse pues con tantos años y miedos las herí.

Con la soledad me di cuenta de que poco a poco estaba dejando ir mis ilusiones, me estaba apagando y no era más que una existencia llena de preocupaciones.

Algo debía cambiar, necesitaba recuperar mis colores y mis errores admití. Necesitaba encontrarme de nuevo, necesitaba recuperar lo que perdí.

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