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He estado pensando en la metáfora de la «mudanza» cuando me dijiste que sentías que te estabas mudando.
A pesar de eso, quise ocupar tu corazón y me hiciste sentir como si me habías abierto la puerta para descansar en tu sillón mientras empacabas tus cosas y a veces, tomar una siesta en tu cama, junto a ti.
Pero no te mudaste y me di cuenta que solo me abriste la ventana de tu puerta para platicar y descubrir si podías hacerme pasar, porque tu casa ya estaba habitada y no estabas solo.
Su sombra estaba en todas partes y tu estabas esperando a que apareciera.
Cerraste la puerta, toqué un par de veces más. Me rendí, no olvidé tu dirección, pero no paso más por tu cuadra.
Veo cómo los cuerpos se acercan y los brazos, sobre los hombros del otro, por fin descargan su pena, alegría y encuentro.
Los abrazos tienen algo extraño, algo fuerte y suave que quiebra todo muro y restaura toda grieta.
Hoy los añoro. Tan solo ver a dos personas abrazarse me lleva a las lágrimas porque anhelo sentir eso que pasa al conectarse.
Poder experimentar de nuevo ese calor del otro y saber que ambos estamos presentes para curarnos mientras nos sostenemos en abrazos, eso es lo que quiero.
Por eso te ruego, ven y abrázame, por favor, abrázame.
He perdido aquella risa sincera que escondí tras el ruido, he olvidado como suena mi voz cuando es honesta, cuando es real, cuando soy yo.
Estoy llena de vacíos camuflajeados en carcajadas estruéndosas que relucen en los lugares en los que todos habitan.
Sobrevivo a espacios bulliciosos, al caos de lo que todos tienen para decir porque quizá no tengo el valor de escucharme a mí.
Y es que en el silencio también hay ruido un ruido que explota como bomba que quiebra todo que desnuda que vulnera que expone las heridas que no sanas porque ignorarlas es más fácil que enfrentarlas.
El silencio está lleno de incomodidad de lágrimas que no quiero llorar y de heridas que no quiero tocar.
Si algo me ha enseñado la ficción es que la oscuridad es parte de todos, se entiende «oscuridad» por todo aquello que nos genera sentimientos negativos.
Bajo esta premisa presento a ustedes mis flores favoritas.
Cuando era pequeño me parecian las flores más feas del mundo, a quién podrían gustarle unas flores que en el centro tienen unas semillas oscuras, y que a pesar de tener unos petalos amarillos y muy hermosos es imposible no notar la oscuridad del centro.
Me causaba incomodidad ver como podían convivir lo oscuro y la claridad, la belleza y la fealdad y es que nos criaron para mostrar belleza y ocultar la fealdad.
Si entonces me hubieran preguntado: ¿cuáles son tus flores favoritas?, hubiera respondido: «rosas», «hortencias» o «claveles», las flores que la mayoría cataloga como hermosas.
Lo bueno de ser un renegado es que puedes ver cosas más allá de las que te han contado, descubrir que la belleza es muy subjetiva y que la oscuridad no se combate, se controla.
Te liberas de ideas absurdas como las de mantener una apariencia pulcra dejando de lado tus verdades y tu realidad.
Mis flores favoritas son los girasoles, porque le dan sentido al dilema de las apariencias, porque me ayudaron a entender mis inseguridades, porque representan lo que para mi es bello.
¿Logran ver la verdadera belleza de los girasoles?
La oscuridad controlada por la claridad, la belleza hecha una misma con lo que denominamos fealdad.
Quiero conocerme tocar las heridas que escondí, los sentimientos a los que me rehuso y las parte de mi cuerpo que no me atrevo a mirar.
Quiero descubrir cada parte de mí, quiero llenarme de lo que tengo dentro y dejarlo salir.
Quiero encontrarme entre los lunares que describen mi cara y me recorren la piel.
Quiero tocarme, tocarme hacia adentro sorprenderme de ser quien soy lejos de la idea de lo que debo ser o de cómo debo verme, sentirme y olerme; quiero ser solo yo, quiero entregarme tan solo a mí.
Enamorarme de mí, descubrirme, besar cada pliegue de mi piel y sentirlo mío y sentirme mía y hacerme mía.
Conocer cada rincón de la historia de mi cuerpo saber a qué saben mis besos qué color tienen mis venas qué hace temblar mis piernas y a qué huelen mis brazos cuando abrazo.
Siempre busco el lado frío de la cama. ¿Estoy dispuesta a dejar que alguien ocupe ese lugar? Y, ¿dejar de sentir como el vacío acaricia mi piel con frialdad?
Ocupá el lado frío de la cama y mis «contradicciones».
No fuimos destinados a la eternidad de la agonía que llamamos humanidad y quizá sea esa brevedad a la que somos condenados, la que atormenta nuestro espíritu.
Nos parece poco, ser breves.
Nuestra mente no puede concebir su insignificancia, y por lo tanto se empeña a no ser resignada al peor destino del hombre: EL OLVIDO.
Somos breves
Somos un pensamiento
Somos solo una temporada
Somos insignificantes
Si este es nuestro futuro, porque no ? aferrarnos al OLVIDO seguro , para hacer de la vida una BREVEDAD significante.
Al final, solo nosotros podremos medir la significancia que nuestra vida tuvo para nosotros mismos.
Al final, solo nosotros tenemos el genuino interés de ser recordados; pero admitámoslo es mejor encontrar el significado de la vida que competir en la carrera del olvido. Porque si algo es seguro, ser recordados no depende de nosotros, encontrar el significado de la brevedad de la vida SÍ.