Escribología

La nostalgia de octubre

Carta de cuarentena #5.

El cielo despejado, el frio del viento y el sol acariciando mi piel, me da nostalgia. 

Octubre me de nostalgia.

Me hace recorrer el camino a la universidad y mis tardes contemplando el atardecer en mi balcón favorito.

Me hace revivirme pensándote, pensándome, amándome, amándote, pero también extrañándote, extrañándome. 

Octubre es ese mes en el que empiezan las primeras ondeadas de la bandera de recuerdos que cada fin de año alza por los aires. 

Hace unas horas salí a tomar el sol porque necesitaba su abrazo para sentir que el pasado ya fue, aunque estos días parecieran volver. 

Mi mirada empezó a caerse porque aún siento el gélido paso del recuerdo por el cuello. 

Octubre trae esos minutos de contemplación en los que pareciera que tú y yo nos cruzamos viendo al cielo. 

Octubre me da nostalgia, mucha nostalgia. 

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Despierta a la realidad

Deja de esperar el gran momento para cambiar al mundo.
Deja de anhelar a las personas correctas para amar en realidad.
Deja de soñar con el príncipe azul o la súper modelo, para cumplir con el cuento.
Deja de victimizarte por tu historia.
Por qué, no necesitas la madre Teresa de Calcuta, para hacer del mundo un lugar mejor.
Por qué, las personas que hoy te rodean son parte de tu presente con seguridad.
Por qué, los cuentos no son la vida real. La vida real es mejor que un cuento de hadas. La vida real tiene finales trágicos y trayectos audaces.
Por qué, tu no eres el primero ni el último que sufre su historia.
Así que deja de divagar y empieza a actuar.
Att: Niñez del Siglo XXI

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Atardecer: el espectáculo fugaz de verte.

Me quedé atrapada en la metáfora del cielo.

En la que te comparo con él, no importa
el momento, de noche, de día o por la tarde,
eres como él, porque me gustas igual.

Porque te puedo ver en la tormenta,
en el cielo nublado, pero también en
el atardecer fugaz y colorido
que aparece después.

¿Y si tú eres mi atardecer fugaz?

No tengo el valor de negarle a mis ojos
el espectáculo de verte.

– Ragek

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Me gusta

Me gusta la distancia que nos separa, porque al mismo tiempo te siento tan cerca.


Me gusta el abecedario de tu nombre que mis labios pronuncian en constante sintonía.


Me gusta


La mezcla entre clásico y contemporáneo.
Tú el cine yo el teatro.


Pues somos dos estrellas brillantes en el cosmos


No


Somos más que eso, somos la misma vía láctea.


Me gusta que eres y no eres.


Tu locura y tu astucia.


Me gusta que sueñas sin estar dormido.


Me gustas


Porque eres inefable.

G.c.

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Quiero caer en lo absurdo

Quiero caer en lo absurdo,
porque la realidad es muy aburrida,
en ella no hay cabida a la locura.

Quiero caer en lo absurdo,
imaginarme una fantasía de amor,
donde el drama no sea el principal factor.

Quiero caer en lo absurdo,
estar en un mundo distinto y colorido,
en el que mi final no sea estar derrotado.

Quiero caer en lo absurdo,
necesito caer en lo absurdo,
necesito tener aventuras,
necesito vivencias extremas,
terroríficas, románticas.

Quiero caer en lo absurdo de una vida genuina.

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En tu almohada

Hazme un espacio en tu almohada que quiero hablarte mientras nos perdemos viendo al techo.

Quiero caber en tu espacio y calmarnos con el acto de sentirnos respirar

Acostar nuestras mentes y dejarlas descansar.

Darle vuelta a la almohada cuando se canse de cargar con nuestros dilemas y que se embriague con nuestro olor.

Hazme un lugar a tu lado que quiero disfrutar del silencio de entendernos.

-Amarela-

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Soy atardecer

Soy como el cielo
cuando se va oscureciendo,
así como se fue apagando mi luz,
quizá por eso me gustan más
los atardeceres que los amaneceres,
porque soy así, me apago
y me vuelvo silencio.

Todos los días por la tarde,
aunque varía la hora,
a veces tarde, a veces temprano,
quizá por eso me gustan más las nubes
y el cielo, que la misma luna.



Soy atardecer, luz a medio apagarse
y oscuridad lista para quedarse.


– Ragek

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Antónimos

Me levanto temprano, uso zapatillas, bebo café y me recojo el cabello.

Vuelvo a dormir, me descalzo, dejo la taza a medias y me quito la cola.

Estoy presente, siento dolor, me coloco las gafas y enciendo el carro.

Me desconecto, tomo analgésicos, vista borrosa y el combustible se acabó.

Me extravié… aún con el mapa en la mano, el GPS encendido y consejos sabios; pero tú también, aún con un amor esperanzado y otro no tanto.

No me encuentro y tú tampoco a mí, y no me veo aunque a ti hasta en mis sueños, e intento calmarme aunque quiera perturbarte.

Entonces, ¿terminó?… quiero que termines.

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El único secreto

Extrañar era su mayor secreto. No pasaba un día sin que le abriera la ventana a ese recuerdo y lo dejaba volar por donde quisiera. A veces se posicionaba en los ojos, en las piernas, en los labios, o en las uñas. Otras en el estómago, pero su lugar favorito era la garganta; en donde revivía esa sensación de tragarse lo que nunca dijo.

 Al terminar su recorrido siempre lo tomaba para esconderlo; no quería que nadie supiera; es de ella y solo de ella.

Hace unas tardes atrás me invitó a tomar el té. La actividad que disfruta cuando los rayos del sol bajan e invaden toda su sala del color salmón que tanto ama. Me sirvió en una taza de color azul mar; ella bebía en una de cerámica amarilla. Después del primer sorbo de aquella infusión de frutos rojos, me reveló el porqué de la invitación. 

Dijo que pronto se iría a tomar los colores del cielo que la llenaban de paz y felicidad, pero antes de hacerlo quería confesarme el único secreto que conservaba.

De pronto, todo se pausó. No supe qué hacer, solo callé. Me señalaría un lugar para que cuando ya no estuviera, allí buscara su secreto. 

Se acercó a mi oído y con mucha cautela me dijo, “lo guardo en el único sitio donde sé que él lo buscaría: en mis calcetas porque ese fue el último regalo que me dio”.

Su mirada pronto se perdió en el vacío de la habitación, pero se encontró en los recuerdos. Sostuve su mano con fuerza, besé su frente y prometí que guardaría ese secreto que tanto cuidó, por si un día su amado volvía.

-Amarela-

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