No me atrevería a llamarla «Historia de amor», pero esta es mi historia.
Llevaba casi dos años sin trabajo, cuando llegó la oportunidad laboral. Era un ambiente tranquilo; cumplir con lo asignado, ser puntual, sonreír, trabajar en equipo, saludar con un «buenos días». Los desayunos y almuerzos eran alegres, al aire libre. Algunos meses pasaron, cuando llegó agosto y con el un nuevo compañero que se integraba al mismo equipo.
Mi primera impresión fue «Ya se ve grande», era un hombre de camisa cuadriculada y corbata, con las mangas arriba. Pero hubo algo que llamó mi atención y fue su apellido, casualmente, llevamos el mismo, así que cuando el equipo se presentó con él, nos preguntaron si éramos familia a lo que respondimos con un rotundo NO. Los días pasaron y solo era un saludo cordial, una sonrisa laboral, un «feliz tarde».
Para enero del siguiente año, falté al trabajo por un trámite universitario, ese día el llamó a mi celular, en el trabajo habían solicitado unos datos y él me consultó para anotarlos. Me pareció un gesto de compañerismo. Los «buenos días» seguían siendo monótonos, hasta que llegó la pandemia y todo fue un caos en el trabajo, ambos pertenecíamos al mismo tipo de trabajo, así que un día cualquiera llamó por segunda vez para consultarme si estaba yendo a laborar (habían puesto turnos laborales y había que esperar que confirmaran el día que podíamos asistir), a lo que dije que aún no me habían asignado día. Cuando sentí, hablamos por cuarenta minutos; del trabajo, de lo que sucedía… Nada del otro mundo.
Empezamos a frecuentarnos más en el trabajo, a conversar más, a sonreír genuinamente, los «buenos días» eran diferentes, a molestar más. No había presión que me llamara, románticamente, la atención. Él tenía poco tiempo de terminar una relación. Los días siguieron pasando y nuestra comunicación fue más constante, eran llamadas y mensajes más constantes, al principio, sus llamadas eran para desahogarse de ella, yo lo escuchaba. Ese hombre hablaba demasiado y yo aprendí a afinar la escucha. Con un par de meses, la conversación cambió, cuando él llamaba era un tiempo de alegría, chistes, risas, anécdotas, saber más del otro. Por lo mismo de la pandemia me cambiaron de edificio, la comunicación seguía, por las mañanas, si había llegado bien, por las tardes, dando tiempo para que yo estuviera cómoda en casa y pudiera llamar. Hasta que llegó el punto de pensar «cuán cómoda y tranquila me sentía con su compañía».
Aprendimos a confiar en el otro, a escucharnos, a entendernos. Recuerdo el día que mi papá se contagió de covid y yo no estaba segura si también estaba contagiada, decidí faltar, ese día, él llegó en mi nombre para redactar un informe mensual que es requisito para pago. No tenía cómo llegar, porque era cuando los autos salían según número de placa, y ese día no le correspondía a su auto, además estaba de descanso y no dudó en ir. A lo que yo sigo agradecida.
Para ese entonces, yo tenía veintidós años y él treinta y siete. Pasaron ocho meses y una noticia me perturbó; él seguía enamorado de su ex novia. Para ese entonces, yo ya estaba enamorada de él, aunque nunca supe si él de mí. Era inmadura y decidí alejarme sin dar explicaciones, tenía miedo de ser lastimada, y aunque intenté no salirlo, salí. Ambos terminamos alejándonos, las palabras abundaron en el vacío y silencio. Yo regresé a trabajar a la misma oficina que él, así que nos mirábamos todos los días, nos topábamos en los mismos pasillos. Pasamos cuatro años sin declarar una palabra; para mí, los años más difíciles al tratar de sanar mi corazón.
Estoy segura que él no me amó, pero sí nos quisimos, nos quisimos desde una herida, desde un vacío. Nos construimos un mundo donde podíamos ser genuinamente, donde lo demás se olvidaba. Hace poco más de un año, hablamos por primera vez, fue como si hubiésemos decidido olvidar quienes fuimos y lo que sucedió entre nosotros. Hoy en día, sostenemos comunicación laboral, ambos sabemos respetar al otro, ambos conocemos la historia del otro, ambos sabemos lo que le afecta al otro, ambos sabemos quiénes fuimos.
Me doy cuenta, que no fue la intensidad de lo que viví lo que hasta hoy me hace recordarlo, sino lo que yo decidí sentir por él, amor, durante ese tiempo aprendí a aceptarlo tal y como era, aprendí que mis primaveras podían ser pocas para un otoño como él, pero era firme en lo que sentía. Aprendí a acompañarlo, a escucharlo, a tenerle paciencia, a amar su risa y sus chistes. Hoy en día, ya no lo amo, mi corazón sanó.
Fuimos amigos, grandes amigos y si pudiera dedicarle algunas palabras como los amigos que fuimos, le diría:
«¿Cómo has estado? Tu cabello sigue brillando como los rayos del sol. He escuchado algunas verdades y mentiras de lo que vives. ¿Te esta yendo mejor? Solo quería recordarte algo, que debes luchar e ir por lo que amas y te hace feliz. No te conformes con lo que esta cerca de tus manos, de tu corazón, ve más allá, ve por lo que cautiva, verdaderamente, tu corazón y sé feliz. Siempre te he deseado lo mejor, y así será. Gracias por aquel tiempo que construimos y que hoy son solo remembranzas. Gracias, por inspirarme a escribir mi segundo poemario. Fuiste una buena musa. Sigue siendo tú, no permitas que los ecos del exterior perturben tu esencia.»
Para esta historia, el amor no fue suficiente, sin embargo, fue nuestra historia. Y agradezco lo que construimos, juntos. Sé que mejores historias nos esperan a cada uno.
-La autora
Descubre más desde Escribologia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.