Me siento atrapada en un vacío que me consume. Es un lugar frío, lleno de culpa, donde mi propia voz se convierte en mi enemiga. Me repite una y otra vez que no soy suficiente, que lo que hago nunca alcanza, que fallo incluso cuando intento dar lo mejor de mí. Y en ese eco interminable, comienzo a creerlo.
Lo que más me duele es darme cuenta de que, sin quererlo, lastimo a las personas que más amo. Basta una palabra mal dicha, un silencio prolongado, un gesto de indiferencia, y siento que todo se quiebra. Es como si cargara con la capacidad de destruir lo que más me importa, y esa idea me persigue, me sofoca, me rompe por dentro.
A veces me pregunto si realmente soy una buena hija, si en mis actos hay amor suficiente o si solo reflejan torpeza, cansancio o indiferencia. Quisiera poder mirar a los ojos a quienes quiero y saber con certeza que no les estoy fallando, que no soy una carga, que mi presencia no hiere más de lo que sana. Pero esa certeza nunca llega.
Y entonces surge la duda: ¿de verdad hago las cosas bien? O tal vez todo lo que toco termina fracturándose un poco más, aunque yo no lo vea de inmediato. Ese pensamiento me desgarra, porque amo con todo mi ser, pero el miedo de herir es tan grande que a veces me paraliza.
Vivo con la sensación de que me pierdo en mí misma, de que camino con los bolsillos llenos de piedras que yo misma me pongo, y no sé cómo quitarlas. Lo único que sé es que me duele, me arde el alma preguntándome si algún día seré suficiente, si algún día dejaré de sentir que en lugar de dar luz, solo dejo sombras en quienes más quiero.
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