Abril no pide permiso.
No toca la puerta, no avisa.
Se cuela por las rendijas del techo
y aparece un día sin previo aviso
con su aliento de agua
y sus ganas de removerlo todo.
No es un mes, es una grieta.
Una pausa entre lo que fue
y lo que aún no se atreve a comenzar.
Llueve afuera, llueve adentro,
y uno ya no sabe si es tristeza,
costumbre o limpieza.
Abril te confronta con lo que dejaste a medias:
conversaciones sin cerrar,
cicatrices mal pegadas,
la ropa guardada con la ilusión de un futuro
que nunca terminó de llegar.
Los árboles no preguntan,
ellos simplemente revientan en hojas nuevas.
Pero a nosotros nos cuesta más.
Nos da miedo volver a florecer
porque sabemos lo que duele caer.
Y sin embargo,
algo dentro sigue intentando,
sigue creyendo en la locura de volver a empezar.
Porque abril, con toda su lluvia sucia,
con todo su barro en las esquinas,
trae la promesa más honesta:
la de crecer, incluso cuando nadie te aplaude.
4/12
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