Marzo no es un mes,
es una herida abierta con forma de calendario.
Es el eco de un grito que no cesa,
la sombra de pasos que nunca regresaron.
Comienza tibio,
con cielos que no saben si llorar o florecer,
como si el clima supiera
que hay demasiadas cosas ardiendo por dentro.
Marzo lleva faldas con historia,
lleva pancartas que tiemblan en manos pequeñas
y miradas que aprendieron a no bajar la vista.
Es el mes de las ausentes,
las que el sistema no nombró,
las que el noticiero omitió,
las que la justicia archivó en papeles llenos de polvo.
Marzo tiene nombre de mujer
y apellido de fuego.
Se levanta temprano
y no pide permiso.
Camina con otras,
con todas,
con las que fueron,
con las que están,
con las que vendrán.
Es una madre que aún espera,
una niña que ya entendió el miedo,
una abuela que no se cansa,
una hermana que no calla.
En marzo se encienden las calles,
se llenan de color, de rabia, de canto,
de nombres escritos en los muros
porque el aire no alcanza para recordarlas a todas.
No es un desfile,
es un duelo colectivo,
una marcha que exige que la vida valga más
que el silencio,
que la costumbre,
que el machismo vestido de ley.
Y aún así,
marzo no solo llora.
Marzo siembra.
Siembra redes,
palabras,
alianzas.
Siembra amor del que cuida,
del que no exige obediencia,
del que no invade,
del que cura.
Porque aunque nos duela,
aunque estemos rotas,
aunque el miedo se nos meta en los huesos,
marzo también es un acto de fe.
Fe en que el mundo puede ser distinto,
en que la ternura puede ser política,
en que resistir también es una forma de amar.
Así que no, marzo no pasa desapercibido.
Porque mientras siga habiendo injusticia,
seguirá habiendo mujeres que ardan,
que griten,
que sueñen,
que luchan,
y que caminen juntas
hasta que ser mujer no sea un peligro
sino una celebración.
3/12
Descubre más desde Escribologia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.