Hoy no me felicites.
No me traigas flores cortadas,
no me hables de lo hermosas que somos
cuando nos entierran
con la boca llena de tierra y gritos.
Hoy no quiero discursos vacíos
ni promesas de cartón reciclado.
No me hables de igualdad
con la lengua untada en privilegio
mientras me pagan menos
y me escuchan nunca.
Soy la que estudió,
la que se esforzó,
la que hizo todo «bien»
y aun así camina con las llaves entre los dedos,
con la espalda en alerta,
con la boca cerrada en juntas de trabajo
donde mi opinión pesa menos
que el ego de un hombre en corbata.
Soy la que aprendió a callar,
la que aprendió a sonreír en la entrevista,
a no ser «tan intensa»,
a maquillarse lo justo,
a vestirse «apropiado»,
porque una falda puede ser sentencia
y un no puede ser un chiste.
Soy la que dijeron que no tenía de qué quejarse
porque «podría estar peor»,
como si la violencia tuviera que ser brutal
para ser real,
como si mi miedo no contara
porque aún respiro.
Hoy marcho por las que no están,
por las que callan,
por las que no pueden,
por las que les robaron la voz y el cuerpo
en nombre del orden, del amor, del poder.
Hoy no me felicites.
Hoy no me llames exagerada.
Hoy, escúchame.
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