En un mundo que se despoja de formalidades, donde lo inmediato se confunde con lo importante, yo elijo la pausa. Elijo tratarlo de usted, y que me trate de usted, porque en ese gesto se esconde un delicado arte: el arte de la distancia que acerca, de la cortesía que seduce, del respeto que enamora.
Cuando le hablo de usted, cada palabra se vuelve un susurro elegante. No hay prisa, no hay atropello, solo el ritmo suave de alguien que le mira con atención y le concede un lugar en su universo. No le invado ni le dejo ir, le contemplo desde una orilla donde el lenguaje no golpea, sino que acaricia.
Es en esa forma pausada de dirigirme a usted donde empieza el encanto. Porque tratarlo de usted no es poner una muralla, es construir un puente. Es decirle que lo respeto tanto, que cada palabra que pronuncio lleva la calma de quien no quiere equivocarse. Y en ese respeto, me pierdo. Y me encuentro.
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