Se despide en cada amanecer. Así comienza la espera. Cada día podría describirse de una forma completamente diferente. Hoy ha llenado de sensualidad la vista, dejándose ver por aquella pequeña rendija de la ventana.
Lentamente, se acomoda las medias, densas, completamente oscuras, resaltando cada curva bajo aquel vestido corto que hoy luce. Acampanado, combinado con los tacones altos, de aquellos que hacen voltear las miradas y provocan imaginaciones indebidas. Le acompaña una bolsa de charol negra brillante.
Ella no sale de casa. Ella ocupa el lugar que la luz deja cuando se ausenta. Algunos, con ansias, la ven aparecer, otros con cansancio y otros están tan acostumbrados a ella, que han perdido la emoción.
Ella es testigo de los amores desenfrenados y los vidrios empañados. Cómplice de maldades y compañera de malhechores. Absoluta y sin temores. Vigía de los que se ganan la vida cuando la mayoría duerme. Centinela de los hospitales y hechos inesperados. Incitadora de borracheras y locuras. Fugaz y permanente.
Así es ella, todos los días, sin faltar ni uno solo. Sin aviso ni señal. Aparece, para que otros mañana cuenten historias, no recuerden nada, amanezcan donde nunca desearon, hicieron lo que no debían, lloren sin reparo, rían de amor, regresen a casa o simplemente descansen en paz.
Cada noche.
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