Me preguntó, primero a susurros con miedo a recibir un no, si le aceptaba una copa de vino en la vieja librería del barrio.
Acepté, tal como hubiera aceptado un vals en medio de la nada.
Y sin imaginarlo, al terminar de sonar la primera pieza, le invité a una segunda copa, pero no de vino, sino de vida.
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